Debe de ser una tara genética, algo así como una enfermedad rara, una extraña disfunción que la ciencia nunca resolverá porque es demasiado extravagante. Pero existimos. Hay personitas a las que no les gusta el fútbol. Incapaces de penetrar en un partido, de alborozarse con un fuera de juego, de entretenerse con hora y media de peloteo. Esta extraña estirpe incapacitada para conmoverse con el fútbol, para entender la poesía y la épica que señores admirables detectan cuando escurren el once contra once, atesora estos días perplejidades. La tanda de penaltis del miércoles fue el espacio más visto de la historia de la televisión, una contundente prueba de que los equivocados somos nosotros. Pero cuando esa oxidación del ADN te impide disfrutar del juego, todo se vuelve muy extraño. No comprendemos que la periodista sea la novia del capitán, igual que sospecharíamos de la independencia de Viri si la mujer de Rajoy escribiera las crónicas del Consejo de Ministros. Nos sobresalta el empeño por localizar filosofía en los balbuceos dialécticos de veinteañeros multimillonarios sin nada que decir. La falta de indignación colectiva por sus privilegios fiscales en un país vencido. Los sueldos grotescos, la chulería faltona de Ronaldo, que alguien pague 14 millones de euros por un tal Jordi Alba, que otro tal Cesc resuelva que si ganan hoy harán «más que historia», en un manoseo grosero del presente. En fin, como digo, extravagancias abocadas a convertirnos en excéntricas excepciones, en outsiders, en seres extraños incapaces de procesar esta emoción colectiva como casi todos los demás. Esta noche será una noche de observación. Para acabar concluyendo lo mismo de siempre: el fútbol es así.