El palacio del Elíseo. Sarkozy saluda a Hollande a la entrada, junto a Carla y Valérie. El protocolo. La firma. El general Georgelin le impone la legión de honor a Hollande como nuevo presidente. El discurso. Hollande se ve en privado con Sarkozy. Este le entrega los códigos nucleares. Ya está al mando. Llueve en París. Dicen que las bodas y las ceremonias con lluvia dan suerte. Lluvia menuda que empapa a Hollande en el automóvil descapotable. Honra a los caídos también bajo el agua. Está empapado. Come con los ex primeros ministros socialistas. Él es el segundo presidente socialista desde la posguerra. En sus palabras insiste en unir crecimiento y solidaridad. Solemne, dice: «En Europa nos esperan y nos miran». No se equivoca. La que más le mira es Merkel. Y le espera esa misma tarde. Su primer trabajo como presidente de los franceses es un viaje relámpago a Berlín. Es la primera ración de realidad para ese alcalde de Tulle que supo esperar largo tiempo su momento para intentar presidir la República. Un hombre de partido, de aparato, que aguantó en la sombra con temple. El mismo temple que le hará falta para la misión que tiene por delante a la luz de los focos. Y, de segundo, otra ración de realidad: elecciones de nuevo en Grecia.