penas le asomaba la cabeza por detrás del cajero, así que para cuando había franqueado la puerta del banco ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Otras veces, cuando el vestíbulo del BBVA proporciona intimidad y refugio a un ser humano, una mezcla incómoda de indignación y vergüenza invita a rectificar la intención y buscar otro escupidero de euros. Pero eran las cuatro de la tarde, Manuela era menuda y la barriga del dispensador de dinero la protegía de la cobardía de los que tantas veces preferimos mirar hacia otro lado. Desde el suelo, levantó la mirada de un libro y se puso de charla. Era guapa, estilosa, con el pelo corto y entrecano, una mirada llena de dignidad y ni rastro de resentimiento. Entretenía su indigencia material con un libro de Eduardo Mendoza, El misterio de la cripta embrujada. «Está bien. Me gusta. Busco libros que no me líen mucho la cabeza», explicó. Casi sonó a disculpa, como si hubiese preferido compartir con la extraña gustos literarios más difíciles de desentrañar que una buena novela policíaca. Siguió con su cháchara relajada mientras los billetes aparecían ante mis ojos, ella en el suelo con su libro y yo, perturbada, de pie, como si fuéramos dos amigas que distraen una tarde con la indolencia con la que se hilvana la felicidad. Me despedí. Ya en la calle, una especie de náusea me alcanzó la garganta. Alguien debería dormir mal pensando en Manuela y en su libro. En ella, y en las manuelas pequeñas que van a nacer y que tienen el derecho a exigirnos que seamos capaces de proporcionarles un futuro que no las empujará a leer a Mendoza en un cajero mientras la vida sigue ahí fuera sin que nadie se indigne por ellas.