H ay una poesía que te gana por el exceso. Una tormenta perfecta de palabras como la que exhibe Caballero Bonald en Entreguerras, publicado el primer mes de este año. El libro está escrito a sus fecundos ochenta y tantos. La memoria tiene sed y no tiene edad. Bonald quiere rememorar con esta obra titánica de versículos incesantes la fuerza extraordinaria con la que Lucrecio hace veintiún siglos se había aproximado al universo con De la naturaleza de las cosas. Si Lucrecio utilizó más de siete mil hexámetros, Bonald emplea una conjura de versos, sin rima ni métrica, sin signos gramaticales, a excepción de interrogantes y exclamaciones. ¿Hay algo más en una vida que merezca la pena que aquello que lleva el respeto, los galones, de una interrogación o una exclamación? Con citas a sus poetas más queridos, Bonald recupera el caudal de su vida. Desde su llegada a Madrid desde el voluble sur hasta el lívido alacrán de la ginebra. El artista es un estilista. Pinta el verso con florete y deja que su vida se desangre de La Habana a Jerez. Bonald posee el cofre del tesoro de la lengua y baraja el día y la noche con una lluvia de adjetivos infinitos. «Llegué a Madrid desde el voluble sur una noche de fosca nieve apelmazada en figones bufetes vaquerías».