Lo más normal es que las elecciones presidenciales francesas se resuelvan en la segunda convocatoria, cuando las numerosas opciones que han concurrido a la primera vuelta se reagrupan y organizan para dar el asalto definitivo al poder. Y eso hace que elecciones como las celebradas ayer -con diez opciones- se hayan convertido en un laboratorio muy útil para interpretar la agenda electoral francesa y europea. Por eso Francia nos trae en vilo tantas veces. Porque, a pesar de ser un ejemplo de alta cultura política y fuerte compromiso democrático, siempre acaba cruzando los argumentos internos con los externos, y, lejos de interpretar a Francia en el contexto europeo y mundial, que es lo que en pura lógica corresponde, acaba interpretando el mundo en función de lo que sucede en Francia, hasta generar problemas tan graves como el que hizo embarrancar la Constitución para Europa.
Por eso conviene advertir que el debate que domina Francia desde hoy hasta el 6 de mayo afecta a toda Europa, y está centrado en las políticas de ajuste, en el modelo monetario, y en la difícil sostenibilidad del Estado de bienestar. Y en este punto hay que decir, lamentablemente, que los dos candidatos se mueven en un mar de contradicciones y confusiones que no auguran nada bueno para el futuro.
Sarkozy, que sigue apostando por el modelo de ajustes impulsado por Alemania, e insinúa que la única salvación del continente está en el afianzamiento del llamado Merkozy, va haciendo cesiones de marcado tinte electoralista -contra la unidad de fronteras, contra la situación española, contra los intentos de aumentar la cohesión política de Europa y contra el rigor monetario del BCE- que nos hacen dudar de que la Unión Europea sea una prioridad para Francia, y de que el candidato conservador esté en disposición de reorientar la política francesa hacia un punto de confluencia con los intereses de toda Europa. Y Hollande, que se distancia abiertamente de la apuesta de Alemania por la estabilidad y el euro, parece haberse perdido en una utopía compuesta de Estado de bienestar a la francesa, para el que no tiene plan de viabilidad, y el liderazgo de una Europa cohesionada, para la que no tiene ninguna alternativa distinta de la de Merkel.
Y eso significa que los próximos quince días de campaña francesa son enormemente importantes para Europa, que habrá de vérselas con un presidente tan fulero como Sarkozy, que puede mantener las imprescindibles alianzas con Merkel, y un presidente tan atractivo como Hollande, que, empeñado en ensanchar su electorado a costa de la crisis, corre peligro de meter a la UE en un cisma -Berlín versus París- que pone los pelos de punta. Pero es lo que hay: un mundo que, además de estar en crisis, hierve en contradicciones, para aumentar, si aún fuese posible, el pesimismo que nos invade.