L o peor que afronta la Unión Europea no es la crisis económica, sino su propia ceguera sobre sí misma, es decir, sobre su verdadera realidad en el mundo actual. Solo sumamos el 7 % de la población mundial y todavía hablamos de ser menos, con la posible exclusión de Grecia u otros países. Cabe preguntarse qué valores defiende hoy la UE y, sobre todo, dónde está su vigor de antaño, cuando se alzaba como la mayor construcción político-económica de nuestra historia. Si hoy nos mirásemos en el espejo quizá solo veríamos a unos ciudadanos viejos, escépticos, egoístas y acobardados.
Peores serían las respuestas si le preguntásemos al resto del mundo cómo se nos ve desde fuera. Porque ya no somos un modelo indiscutible de crecimiento y de desarrollo, aunque todavía seamos envidiables. Probablemente nos dirían que nos ven como un museo o como un parque temático, un lugar aún privilegiado.
¿Y los mercados? ¿Cómo nos ven? Quizá como un botín indefenso. Hemos faroleado tanto ante ellos que nos han calado. Ahora llevan la iniciativa y nuestros Gobiernos se pliegan mansurronamente.
Hay un futuro mejor, cierto, pero pasa por la responsabilidad y el coraje de la ciudadanía y el valor de los políticos para jugar con entereza nuestras manos sin recurrir a faroles. Somos la vanguardia de unos valores que todo el mundo anhela, y tenemos la capacidad y el talento necesarios para mantener nuestras posiciones de progreso. El pesimismo que cultivamos últimamente es consecuencia de haber estado en contacto demasiado tiempo (en los años de bonanza) con un optimismo exacerbado. Ahora toca una cura de sacrificio y de austeridad, pero también de realismo, de audacia y de determinación.
Tal vez dejaremos de vivir alegres y confiados, y pensaremos que si alguien nos guiña un ojo es que nos está apuntando. Pero ganaremos este combate, porque ya hemos comenzado a ganarlo desde el mismo instante en que empezamos a llamar a las cosas por su nombre. Todavía diremos durante un tiempo «¡Pobre Europa!», pero ya sabemos que el pesimismo nunca ganó una batalla (Eisenhower dixit). La pobre Europa de hoy es la que ya fue pobre Europa otras veces y supo recuperarse. No lo olvidemos.