La cacería del rey tiene algunas virtudes. No resulta agradable, desde el punto de vista humano, ver a un hombre de más de 70 años, casi humillado, decirles a los ciudadanos que lo siente y que no volverá a suceder. Como si se tratase de un adolescente que vuelve tarde a casa. Pero sí es reconfortante que la máxima representación del Estado asuma que ha ofendido y pida disculpas por un comportamiento no ejemplar.
Al margen de aspectos más o menos estéticos, hay una cuestión de fondo en el episodio de Botsuana. La sociedad española, que ha madurado bastante más que sus representantes políticos, está en condiciones de debatir abierta y serenamente sobre el modelo del Estado. Siempre hay oportunistas, claro, que aprovechan un resbalón para intentar cobrarse las piezas más difíciles. Pero la sociedad se ha despojado de algunos fantasmas y tabúes para hablar de determinadas cosas. Hay ya varias generaciones de nuevos españoles para las que la república no trae ecos de enfrentamientos encarnizados. La república es, sencillamente, otro modelo civilizado de organización política.
La monarquía de Juan Carlos I ha sido muy útil y necesaria en momentos delicados de la salida de la dictadura. Por eso hay también varias generaciones de españoles para quienes aún pesan más los beneficios que los anacronismos. Pero la Casa Real, por fortuna para la democracia, se ha vuelto más permeable al escrutinio de la opinión pública. Un acuerdo tácito que protegía a la institución de la crítica y la valoración se ha ido desvaneciendo. El caso ahora es dilucidar qué valor práctico tiene el criterio de los ciudadanos.