La palabra maldita

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

12 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Solo hay una palabra más temida que la peste de otras épocas históricas: rescate. Dentro de todas las angustias que está sufriendo este país, la culminación del desastre sería que se decretara oficialmente el rescate de España. Por eso decía Zapatero que la prima de riesgo le quitaba el sueño. Y no es para menos: un rescate o una intervención significaría que el Gobierno ya no podría hacer nada. Unos funcionarios comunitarios se encargarían de hacer los recortes sin más criterio que el economicista y sin la menor inquietud social. Procederían al despido de empleados públicos, rebajarían drásticamente las pensiones, condenarían a nuestro país a la peor imagen internacional. Y hay quien sostiene que nos harían entrar en una larguísima asfixia económica y con revuelta social.

Hay que evitarlo como sea. Si me admiten la comparación, defenderse del rescate es como una guerra de la independencia, sin armas ni guerrilla. Y por esa razón, cada vez que se produce un alivio en la presión de los mercados es un respiro. Comprendo que Felipe González se haya mostrado ayer tan contundente, casi tan irascible, al negar que España vaya a ser rescatada. Comprendo que los ministros y el gobernador del Banco de España insistan en lo mismo. Comprendo las llamadas a la serenidad y contra el derrotismo. Y comprendo la indignación general contra Monti o Sarkozy cuando tratan de lanzar hacia España ese fantasma. El rescate tiene que ser conjurado como si fuera un meigallo. Y posiblemente lo sea.

Lo que ocurre es que no nos debemos engañar. De hecho, ya estamos siendo víctimas de un rescate suave. No nos han enviado funcionarios ni agentes a ordenar las cuentas. Pero manejan un mando a distancia que controla las acciones del Gobierno, vigila el proceso de reformas, condiciona su orientación y hace que Mariano Rajoy tenga que olvidar algunos compromisos electorales, desdecirse de algunas de sus convicciones, provocar que le digan que ha engañado al electorado y hacer lo que dictan los mercados. La política nacional apenas existe más que para la liturgia del juego poder-oposición. Las ideologías no pesan casi nada al gobernar. Los mercados y la Comisión Europea son una especie de gran hermano sobre el Consejo de Ministros. La expresión que ya dedicaban a Zapatero («va en la buena dirección, pero?») es la que autoriza las decisiones de gobierno y marca la senda de actuación.

Ahora tienen su mirada puesta en las autonomías y en sus cuentas. No retirarán su espada de Damocles hasta verlas y aprobarlas. Y tienen a los gobernantes acogotados con sus exigencias. Ojo a esa presión. Y atención a la propuesta de Esperanza Aguirre: a lo mejor solo es profeta de designios que ya están escritos.