Cayó la última frontera. El Gobierno anunció ayer un recorte de 10.000 millones de euros en educación y sanidad. Y con la caída de esa imaginaria línea Maginot, cae también el último de los compromisos electorales que le quedaban por incumplir a Mariano Rajoy. «Recortaré en todo menos en sanidad y educación», aseguró. Pero el huracán de la crisis no entiende de promesas y arrasa con todo. Por más que desde el Ejecutivo se quiera dar una imagen de tranquilidad, de confianza y de normalidad, el hecho de que un Gobierno haya tenido que renunciar en cien días a prácticamente todo lo que figura en su programa electoral da una idea de lo dramático de la situación a la que se enfrenta España.
La explicación al giro copernicano que se está viendo obligado a ejecutar Rajoy reside muy probablemente en un exceso de confianza. Presumiendo que su sola llegada al Gobierno implicaba ya un plus de credibilidad por parte de los mercados, empezó a gastar sus balas una a una, convencido de que con dos o tres frenaría el acoso. Ajuste del gasto, subida de impuestos y los Presupuestos más restrictivos de la Historia. Y ahora, cuando comprueba con asombro que esa ráfaga no ha hecho mover un músculo a quienes siguen apostando por la caída de España, es cuando la seguridad del Gobierno se desmorona y comienzan los nervios. Rajoy y su Gobierno se han quedado atónitos al comprobar que unos Presupuestos casi de guerra no han relajado la prima de riesgo ni han ampliado la confianza en España, sino todo lo contrario. La rendición de esta frontera final de la sanidad y la educación supone gastar el último cartucho. Y si esa bala tampoco surte efecto, produce congoja imaginar lo que viene detrás. Desde ahora sabemos que nada está descartado.
El hecho de que el recorte de 10.000 millones de euros adicionales se anunciara a toda prisa y en una nota de prensa refuerza la idea de situación límite. Resulta evidente ya, para quien no lo tuviera claro, que no nos gobierna Rajoy, como antes no nos gobernaba Zapatero. Y que son los contables de la Unión Europea los que van a dictar hasta dónde debe llegar la renuncia y el sacrificio al que se van a ver sometidos los españoles. No es agradable comprobar que el destino de un país no está en manos de su Gobierno. Pero a ese Ejecutivo cabe exigirle al menos que no contribuya al desconcierto. El espectáculo ofrecido en solo 24 horas, con un ministro de Economía anunciando nuevos recortes en sanidad y educación en un periódico alemán, desmentido luego por el partido que sustenta al Gobierno y ratificado después por el presidente, no ayuda a aliviar la zozobra.