Azotes en La Rioja


U n año más veo en los telediarios a los penitentes de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja), popularmente conocidos como los «picaos», azotarse la espalda en público y me viene a la mente una legión de pensamientos. En primer lugar, recito estos versos de Juan Ramón Jiménez: «Con lilas llenas de agua / le golpeé las espaldas», unos versos sobre los que no hay que opinar para no desviarse del tema sonserrano, aunque ese plural «espaldas» ya nos sugiere que la persona azotada con lilas debía ser un camionero cachas o una mujer culturista con muchas horas de gimnasia en su currículo.

En los telediarios que veo solo aparecen hombres, y no aparece ninguna mujer cargada de cadenas. Desde 1998 las mujeres también tienen derecho a participar en esta penitencia, aunque, según creo, al menos por ahora, no han alcanzado la gloria de darse estopa en público con la madeja, que es como se llama el instrumento de flagelación. Los hombres se dan entre 800 y 1.000 golpes con la madeja. Tras la autoflagelación, un compañero de fatigas, denominado «el práctico», con una esponja pertrechada de seis cristales le alivia al «picao» las espaldas juanramonianas hasta que sangra, pero no por sadismo, sino para que el compañero, sangrando, termine sufriendo meno las consecuencias de los azotes.

Pues el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio de España, en el 2005, bajo la égida gubernamental de José Luis Rodríguez Zapatero, le concedió a esta bochornosa tradición el título de fiesta de interés turístico nacional.

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