El fuego de las fragas del Eume ha quemado hasta las lágrimas. Desde la distancia veo el paisaje calcinado. En solo unas horas el paisaje más entrañable de nuestra tierra ha pasado a ser un desierto de cenizas y desolación. Quedaron diezmados el roble y el abedul, el pino y el eucalipto que atraían las nubes. Ya se perdió una parte de la magia. Las meigas no podrán hacer sus aquelarres en noches de niebla y luna. Ya no quedarán ni los pájaros que se habían casado el día de la Candelaria y estaban estrenando nido. Huyó el mirlo, que busca desorientado el seto donde había hecho su casa. Donde el sábado miles de aves celebraban el amanecer, esta mañana hay un silencio de sepulcro. Es el paisaje de las fragas, heridas de muerte.
Leo, también en la distancia, que la autoridad está moderadamente satisfecha porque el desastre es menor de lo previsto y solo ardieron 370 hectáreas de alto valor ecológico. Pero esas hectáreas son casi cuatro millones de metros en los que caben muchas miradas de lobo, muchos vuelos de carrizo, muchos siglos de hacerse un árbol, mucho amor de los vecinos. Los incendios forestales no se deberían medir por hectáreas. Se deberían medir por la vida segada en cada llama, por los animales sin hogar, por la memoria de tantos hombres y mujeres que hicieron el bosque, que se amaron en el bosque, hasta que llegaron sus hijos y lo abandonaron. Lo abandonamos.
Arde España este verano anticipado. Arde Galicia a razón de sesenta incendios diarios de los que ya no tenemos noticia. Tengo miedo de que mis nietos piensen que les miento cuando les hablo de la tierra húmeda y verde, porque pudieron leer en este diario que «Galicia se deshidrata». Y tengo miedo de la impotencia, porque Rosa Quintana dijo que «ningunha medida de prevención podía facer que se evitara este drama». Estamos en manos de los asesinos del monte, auxiliados por la sequía, con el bosque que tienta sus instintos criminales.
Sobre los suelos todavía calientes de las fragas mimadas por el Eume, elevo hoy mi grito. No miro a la Xunta. Miro al Estado que cobra los impuestos y le digo: quiero para los montes la misma protección que hay para los bancos. Pido para ellos la misma atención que los Gobiernos tienen con los mercados. Reclamo la misma pasión que se pone para resolver los problemas financieros de las compañías eléctricas o las que nos surten de gas. Exijo la misma eficacia que se quiere demostrar en la gestión económica. Solicito que cuando se produce una tragedia forestal haya un gabinete de crisis como cuando se dispara la prima de riesgo. Y rezo, como los viejos, para que vuelva a llover. Porque un país puede vivir con déficit. Pero no puede vivir sobre las cenizas de un bosque.