N adie sabe para qué sirve esta huelga general, pero muchos piensan que había que hacerla. Nadie espera -ni nadie quiere- que el Gobierno rectifique sus decisiones básicas, pero todos queremos que Rajoy sepa de nuestro enfado estéril. Nadie cree que dejando de hacer lo que hacemos vayamos a salvar un puesto de trabajo, mantener incólume un sueldo que adelgaza, o evitar que cierre un comercio que no vende, pero parece que «algo había que hacer», y no se nos ocurrió otra cosa. Por eso, más que una huelga general, estamos haciendo una huelga resignada, que todos queremos que -como la Navidad, como esa reunión familiar que se hace cada año, o como el congreso académico al que vamos en septiembre- pase pronto y vaya en paz, y que nos deje volver cuanto antes a la mediocre tranquilidad de nuestros trabajos, ilusiones y problemas.
Desde que convertimos a Zapatero en el ninot de nuestras iras, para quemar en él la frustración de la crisis y entregarle nuestra alma a Mefistófeles, estábamos condenados a hacer, malgré tout, esta huelga ritual de primavera. Obligados a salir a la calle con las pancartas como salen los capirotes de Semana Santa con la luna llena de Pascua. A hacer penitencia por un día, o unas horas, para sentirnos liberados del pecado de haber votado masivamente a la derecha -¡con lo progres que somos!-, y de querer resolver nuestros problemas con recetas neoliberales importadas de Alemania.
En el fondo queremos que mande Merkel, y ser como los alemanes, pero no nos atrevemos a decirlo. Por eso votamos en las urnas a los que hacen las reformas, y hacemos después huelgas generales -rituales, resignadas y primaverales- para que nada sea lo que parece y nada parezca lo que es. Y por eso me viene a la boca el verso del poeta: ¡que mansa pena me da, / el puente siempre se queda / y el agua siempre se va!
En esta huelga hay algo de todo, desde luchadores irreductibles que creen que se puede salir de la crisis a base de pareados -«¡la crisis de Zapatero que la paguen los banqueros!»-, hasta los que piensan que se hizo en víspera del Viernes de Dolor para montar un puente artificial hacia la Semana Santa, y desde patronos que animaron a sus empleados a hacer huelga para ahorrarse los sueldos de una jornada y darse un respiro en la lucha por la supervivencia, hasta los trabajadores que piden protección contra los piquetes y el colapso de los servicios que le pueden hacer perder ese día de sueldo que tanto necesitan.
Lo que no hay es quien crea que estamos ante un conflicto de intereses enfrentados, en el que la presión sobre unos redunda en beneficio de otros.
Y por eso es tan difícil creer en una huelga que solo nos va a traer una guerra de cifras diluida en cera de penitentes. Un despropósito, creo, que anuncia el fin inexorable del obrerismo romántico.