Marzo en llamas

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

El fuego quema la primavera de Galicia con furor veraniego. Ya no es cosa de estaciones. El fuego nunca ha respetado ni vidas ni horizontes. En esta esquina ahora también se salta los dictados del pulso del planeta. Este marzo en llamas ha devorado ya cientos de hectáreas. Y se ha tragado a un hombre, que es como engullir todo un mundo en un instante. El suceso invita a sacar el habitual rosario de fatalidades, a ir colocando todas esas piezas del rompecabezas que finalmente componen de forma inesperada la imagen de la muerte. Agitar el pañuelo del «que hubiera pasado si...». Como si fuera un accidente. A veces lo es. Pero no siempre. Porque el número de focos que originan el fuego acaba desmontando otras teorías más digeribles, las que hablan de lo inevitable de la vida y de la muerte. Es evidente que en Galicia hay una especie de cultura del fuego. Un abono que echa chispas cuando ayuda el tiempo y del que brotan incendios grandes y pequeños por toda la comunidad, como setas malignas, pero sembradas y regadas por los propios vecinos. Más allá de mentes enfermas que sucumben a la tentanción y al fulgor hay otras mentes mucho peores, aquellas que son conscientes de la inconsciencia del fuego desatado, del peligro de un regate del viento, del olor de la tierra quemada. Pero da la sensación de que la mano que prende la llama no suele recibir un castigo proporcional.

Cíclicamente el monte es el escenario de su propio Prestige. Un Prestige por parroquias, que asoma por cada esquina de Galicia. Sin petróleo y con cenizas. Pero igualmente oscuro. Y con náufragos. El último, ayer.