Las heridas de los libros

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Con la desaparición de la Enciclopedia Británica en soporte papel, desaparece gran parte del ADN cultural de la Europa ilustrada. En las enciclopedias on-line, en las virtuales, se buscan voces y conceptos, pero difícilmente se encuentran los tesoros ocultos en sus páginas, como la voz bicicleta, que en la vieja enciclopedia Espasa recomendaba a lo largo de tres folios llevar una pistola cuando se conduce el velocípedo, para ahuyentar canes.

En los libros electrónicos, sostengo en todas mis intervenciones profesionales, no se puede dejar un trébol, o un pétalo de flor, entre sus páginas, para que una tarde de otoño, releyendo el libro, encuentres la memoria de un tiempo ido.

El libro vive un final de ciclo. Las heridas son más severas de lo que preveíamos quienes lo amamos. Emerge una nueva cultura fuertemente enraizada en las nuevas tecnologías. Los jóvenes han crecido en un entorno audiovisual con videojuegos como hitos de su recorrido vital. Los internautas reivindican obsesivamente el gratis total como marco referencial con una manifiesta indefensión de los creadores.

La política cultural de las Administraciones enflaquece, merma, recorta y mutila ayudas, protecciones, estímulos fiscales. La cultura, como el libro, es la hermana más pobre, la cenicienta, la proscrita en este tsunami liberal que nos asola con la austeridad como bandera -pirata- de los tiempos que corren. El libro, parodiando a Gabo, no tiene quien le escriba.

En los últimos días he asistido a dos citas internacionales del universo/libro. París y Bolonia convocan cada primavera a profesionales de la edición y la creación literaria. En París el debate infinito, el bucle permanente dejaba paso a un desánimo creciente. La caída de las ventas del libro tradicional era, como en España, superior a un quince por ciento sobre la facturación del pasado año, y las perspectivas inmediatamente futuras pintaban bastos, que es expresión coloquial para anunciar males mayores. Bolonia sigue creyendo en el histórico potencial de los jóvenes lectores, eran más optimistas, acaso porque Monti, pos-Berlusconi, armonizó el desorden.

Las heridas de los libros, la amenaza de ruptura de mercados propiciada por compañías sajonas, el desprecio creciente de la cultura libresca, la profunda iletrarización europea, convierten las heridas en puñaladas sangrantes de difícil cicatrización.

Asistimos a un complicado entramado que concitó demasiados enemigos de las libertades, de la tolerancia cívica, de la independencia crítica, como para superar una coyuntura que vino para quedarse. Los que sabemos que el conocimiento todo, que la vida, está en los libros, que somos lo que leemos, que el libro es el mejor amigo del hombre, y que en suma leemos por legítima defensa, nos sentimos incapaces de encontrar en el optimismo una solución posible, que cure las heridas de los libros.