Es cierto. Galicia no está afectada por una enfermedad terminal, como parecen estarlo otras autonomías. Ni ha ingresado en la uci, como alguna otra comunidad. Pero tampoco está para muchas fiestas, eso es lo cierto. Porque solo con pensar que más de la mitad de sus moradores tienen dificultades para llegar a fin de mes, nadie debería atreverse a hacer un balance tan exitoso como el que ayer mismo nos televisaron desde el Parlamento.
Ayer, el presidente Núñez Feijoo nos enseñó una foto en la que Galicia sale tan mejorada, tan próspera y tan rejuvenecida, que resulta completamente desconocida. Demasiados retoques, sin duda. Tantos que parece que los problemas que la afean se reducen exclusivamente a la fusión de un par de concellos y a la liquidación del CES.
Pero sin ser la peor de España, que eso tampoco debe de enorgullecernos, porque en un país de ciegos no es ningún mérito ser el tuerto, nuestros problemas se siguen acumulando entre la pasividad de quienes piensan que este es el paraíso y la cicatería de los que creen que en la austeridad está la solución a todos nuestros males.
Acabar con la autocomplacencia de nuestros dirigentes es tarea tan urgente como capital. Para que hablemos todos de la misma Galicia. Porque lo que ayer comprobé, con desolación, es que el presidente Núñez Feijoo y un servidor vivimos en países diferentes.