Lo que debería ser un día de recogimiento, recuerdo y dolor compartidos por toda la sociedad, se convirtió ayer, una vez más, en motivo de división, enfrentamiento y manipulación. El octavo aniversario del 11-M sirvió para que los defensores de la vacua teoría de la conspiración volvieran a sembrar dudas sobre la incontestable autoría yihadista de los atentados, que los tribunales han establecido de forma categórica y que ninguna agencia de inteligencia internacional, ningún experto relevante, ningún Gobierno discuten. A la amargura inevitable que sienten las víctimas -lamentablemente divididas- al rememorar el mayor ataque terrorista de la historia en suelo español se suma ese cuestionamiento que hacen determinados medios sin haber aportado aún una sola prueba en contra de lo que despectivamente llaman la versión oficial, que no es más que la que resulta de haberse juzgado el caso en distintas instancias con todas las garantías legales propias de un Estado democrático. Reclaman que se sepa toda la verdad y defienden a asesinos condenados a 42.000 años mientras descalifican a los jueces y a las víctimas que no se pliegan a sus rebuscadas tesis. Lo que insinúan -una fantasiosa confabulación en la que estarían metidos ETA, Zapatero, Marruecos, el CNI, la policía, los tédax y no se sabe quién más, excepto, claro está, el «bueno» de Zougam- es demencial. Otra cosa es que aún queden algunos detalles sin esclarecer. Que se investiguen. Nadie lo impide. A toda esta ceremonia de la confusión interesada, se unió ayer la gran torpeza de los sindicatos al convocar manifestaciones en un día que deberían protagonizar las víctimas.