El discurso que falta

OPINIÓN

01 mar 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando tenemos que dar una mala noticia, a todos se nos vienen a la cabeza las mismas preguntas: quién lo debe decir, cómo conviene decirlo, y cuál es el momento oportuno para hablar. Porque todos sabemos que, aunque la realidad no cambia, la forma de abordarla puede modificar el impacto de la noticia y las reacciones de los que la reciben. Y por eso extraña tanto que, ajeno a esta idea natural de la comunicación, el Gobierno de Rajoy no se dé cuenta de que le falta un discurso completo y bien planteado sobre la crisis, y que el hecho de no hacerlo va emponzoñando de forma innecesaria las reacciones del poder con los ciudadanos.

Lejos de plantear los recortes como respuestas indeseadas y parciales a una situación heredada, Mariano Rajoy debería explicar con realismo el nuevo escenario de la economía española, y la necesidad de hacer casar nuestros ingresos con la riqueza real y la productividad del país. Si tal cosa se hiciese, creo que la mayoría de los ciudadanos acabaría aceptando que las cuentas solo se pueden cuadrar por dos vías que son complementarias e inevitables: la rebaja del gasto público y privado, aunque tenga efectos perniciosos sobre los salarios, el empleo y el consumo; y el aumento de impuestos, que, teniendo sobre el consumo los mismos efectos que la caída de los salarios, modifica al alza los ingresos del Estado y el equilibrio de sus cuentas.

También podríamos corregir la situación si fuésemos capaces de producir y vender más y mejor, si tuviésemos saneadas las cuentas de las familias y las empresas, si dispusiésemos de una banca solvente y con capacidad de crédito, y si ya hubiésemos digerido todas las pompas de jabón nacidas de la gran burbuja inmobiliaria. Pero eso no está, de momento, a nuestro alcance, y cualquiera puede entender que, si seguimos así, a base de pellizcos, sin analizar lo que sucede en un marco teórico general, los ciudadanos no vamos a ser capaces de entender los que nos hacen ni lo que nosotros tenemos que hacer. Y a eso se le llama, en pura teoría de la democracia, desgobierno.

También debería cambiar el chip Sáenz de Santamaría, que está cayendo en el mismo discurso plagado de obviedades y pedagogía barata de su antecesora. Lo que necesitamos los españoles no es moralina, ni que se solemnice lo obvio, sino información real sobre el camino que tenemos que recorrer. Y a eso podría ayudar mucho un cambio discursivo de los ministros Montoro y De Guindos, que, a base de insistir en la historia del desastre, nos hacen dudar de su capacidad para guiarnos en el desierto.

Con un buen discurso cualquier ciudadano puede entender lo que pasa y aceptar su cuota parte en el esfuerzo. Pero si todo se reduce a darle vueltas a la noria, no tardaremos en divorciarnos del Gobierno. Y esa sería, sin duda, la peor noticia del año.