Dios me libre de intentar un juicio paralelo. Mejor dicho: un nuevo juicio paralelo, porque el del señor Urdangarin lleva meses en la calle. Cualquier español lector de periódicos ha conocido tantos detalles de las andanzas de este señor como él mismo, que no tenía acceso directo a los papeles del juez Castro. Cualquier persona medianamente informada tiene elaborada una teoría sobre cómo funcionaba el Instituto Nóos, cómo se transferían sus ingresos a bolsillos privados y qué subterfugios se utilizaban para pagar menos impuestos. El máximo nivel de juicio paralelo se alcanzó la noche del último viernes, cuando el programa La Noria preguntó a los ciudadanos en una gran consulta si el duque de Palma era inocente o culpable. Así, directamente. No recuerdo otra ocasión en que se haya pedido un veredicto por encuesta.
Ahora, Urdangarin se confesó largamente ante un juez que, por lo visto, no quiso dejar ni un cabo suelto. ¿Y qué ha quedado de este interminable interrogatorio? Muy poca cosa: que él no tenía funciones ejecutivas en la trama; que el socio Diego Torres era el ingeniero maquinador y artífice del tinglado; que la infanta Cristina era ajena a los manejos, y que el rey le ordenó retirarse de esos negocios. Es decir, todo perfectamente previsible por quien quisiera imaginar previamente cuáles podrían ser sus líneas de defensa. Alguna de esas revelaciones la sabíamos, otras las preveíamos y otras llenan el caso de incertidumbre. Por ejemplo, qué dirá ahora el señor Torres, acusado de forma tan directa por el gran imputado.
¿Saben cuál es mi impresión tras conocer la declaración? Que Urdangarin ha sido en esta historia lo que se llama un tonto útil. Lo matizo para no ofender: un incauto ambicioso. Se juntaron sus propias ansias de riqueza el verse encumbrado como miembro de la familia del rey con las ansias de un oportunista llamado Diego Torres. Este señor había sido profesor del duque y concibió la gran máquina de hacer dinero: con su inteligencia, más la capacidad de influencia de Iñaki, el mundo era suyo. Y empezó la extracción de la mina. Iñaki le cogió gusto, sacaba dinero para construir una casa a la altura de su rango y prestancia social, se tapó los ojos y dejó maniobrar al mago que lo estaba haciendo rico. Cuando hacía falta una gestión política, la hacía, y nunca se planteó las consecuencias delictivas: su maestro Torres lo estaría haciendo bien. Cuando el rey tuvo noticia de los manejos y lo llamó al orden, ya era tarde: Iñaki estaba demasiado encariñado con su fábrica de dinero. Esa es mi tesis de lo ocurrido. Lo malo es que no justifica nada. Cuando alguien comete un delito, lo paga, y no valen los argumentos de la inocencia feliz.