Stefan Zweig es un prodigio. Ha tenido mejor suerte que otros escritores que lo fueron todo en el siglo XX y que luego desaparecieron de los catálogos. Como Zane Grey o, en cierto modo, Georges Simenon. Zweig, para bondad de los jóvenes de hoy, resucitó del olvido. Zweig es el hombre que firma esa joya inapelable: Momentos estelares de la humanidad. Pero es también el que escribió tantas biografías y novelas. Ahora se reedita María Antonieta. Lo hace Acantilado, con ojo y pulso. El libro es una frenética crónica de la vida de quien yació al lado de Luis XVI (trabajo le costó, a ella) y de quien terminó guillotinada. María Antonieta, esa mujer que conquistó la noche galante de París y que fue arco del triunfo de la moda y la clase, hasta que el pueblo decidió que ya estaba bien. Que iban a sacralizar tres palabras: libertad, igualdad y fraternidad, que nos hemos terminado por cargar. La escritura de Zweig es nerviosa. No desperdicia una palabra. Escribe como si lo hiciera con munición. Y su diana es mostrar al mundo una niña que llegó de Austria para desposarse, una mujer de carácter que hacía del capricho virtud y una reina cuya cabeza rodó. «Ya solo le queda una cosa que hacer: morir, y morir bien»: Nuestros padres se educaron leyendo a Stefan Zweig, y acertaron.