L a inmensa mayoría de los políticos y de los expertos que nos hablan de la crisis tienden a reducir su definición y efectos al campo de la economía, y, a pesar de estar sorprendidos por la creciente complejidad y duración de los problemas, no sienten ninguna necesidad de buscar más explicaciones que las que podrían resumirse en los dos conceptos más presentes en el mundo mediático: los desajustes y el paro.
Por culpa de los desajustes tenemos a las Administraciones paralizadas por sus recortes y sus atolondrados planes de eficiencia, y al Estado de bienestar en abierto peligro de desaparición o en un inevitable proceso de pérdida de calidad y extensión, a las entidades financieras incapacitadas para cumplir su función crediticia, y a las economías domésticas atenazadas por un pánico irracional que las hace cortar cualquier iniciativa de inversión o consumo y dejar a las empresas al socaire de una recesión intermitente. Y por culpa del paro tenemos millones de familias angustiadas por la realidad o la posibilidad de un quebranto laboral de evolución incierta, y a toda la ciudadanía embebida en un peligroso proceso de búsqueda de culpables que, a través de una indignación más o menos racional contra la política y los políticos, empieza a manifestarse como una incipiente desafección a la democracia, a los partidos y a las Administraciones públicas.
Pero una crisis tan dura y prolongada como esta que padecemos nunca se agota en los problemas económicos y en sus consecuencias directas. Porque, además de ser evidente que el desajuste general trae causa de una previa agonía de valores y orientaciones sociales y personales de muy difícil restauración, también resulta innegable que esta situación de angustia individualista e interiorizada trae como consecuencia un repliegue de las sociedades sobre sí mismas, una defensa cerrada e insolidaria de los propios intereses y privilegios, y una absoluta incapacidad para identificar los escenarios y entender los dramas en los que se juega nuestro porvenir.
La Unión Europea, tan cerca y tan lejos, y vista a la vez como salvadora y enemiga, es un ejemplo de lo que digo. Pero también lo es, y más dramático, el desarrollo de las crisis del Mediterráneo y el Medio Oriente, en donde Israel, Estados Unidos, Irán, Irak, Egipto, Afganistán, Pakistán, Libia, Siria, la OTAN, China, Rusia, las hambrunas, los piratas, el fundamentalismo, las estrategias militares de largo alcance y el petróleo juegan una terrible y peligrosa partida en la que ni España ni Europa parecen tener presencia, ni criterio, ni interés. Porque la crisis, no lo duden, tiene dos hemisferios y una enrevesada red de causas y consecuencias. Y el hecho de que la UE pase todo este período mirándose al ombligo solo presagia una prolongación de la angustia en formas impredecibles.