U na vez solucionado el dramático problema del desempleo, gracias a una imaginativa y oportuna reforma laboral, ya tenemos a nuestros señoritos dedicados a los asuntos importantes. Una vez que logramos poner fin a la pesadilla del paro y la miseria con ese texto que tanto agradó a fraulein Angela, vamos a atajar el problema de los guiñoles franceses antes de que se nos vaya de las manos. Que ese sí que es un problema.
Porque no podemos consentir que unos guiñoles, por muy franceses que sean, duden de nuestra capacidad deportiva. Ni de nuestras condiciones competitivas. Esto hay que frenarlo con contundencia y decisión o acabarán por decirnos que Fernando Alonso falsificó el carné de conducir.
Por eso el presidente Rajoy no desaprovecha la oportunidad de colocar a los guiñoles en su sitio. No satisfecho con ordenar una protesta formal, ayer se ha referido, sin nombrarlos, a esos monigotes con un «no hay mejor desprecio que no hacer aprecio». Que es lo mismo que decir ándense con cuidado y no jueguen con nuestro honor y prestigio, que somos muy españoles y no necesitamos de clembuterol y chuletones para ganar el Tour.
Es una lástima que tengamos tantos pequeños problemas sin resolver, porque si no fuera por las cuestiones menores de cada día, como la economía, el futuro de los jóvenes y las colas del hambre, nuestro Gobierno podría dedicarse en cuerpo y alma a defendernos de esos malvados guiñoles franceses. Que a mí no me dejan pegar ojo.