Cuarenta céntimos

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

11 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

E s la tercera parte del precio de un café en un bar, el valor facial de un franqueo, del sello de una carta, es el peaje del viento de febrero en una esquina de la plaza de Mina, la limosna a una mirada que navega a estribor de la coruñesa calle Real, la mano abierta de Julius que nunca pidió limosna, que entendía la caridad como un billete de vuelta.

Cuarenta céntimos es el precio de la libertad.

A los treinta y un años murió en Lugo Julius Lederer, nacido en Borheim, en Alemania, en el seno de una familia de clase media. Llegó a A Coruña construyendo una leyenda apócrifa que contaba como en una copla antigua de veleros y marineros que había viajado en un barco que lo dejó abandonado en el puerto. Él nunca lo había contado porque decidió vivir como un personaje rousseauniano, y convertirse en una mezcla de buen salvaje y émulo de Linus, el amigo de Snoopy que nunca abandonaba su frazada, su manta azul, de la que Julius hizo, de las sucesivas mantas que envolvían su cuerpo, banderas de libertad.

Casi seis años vivió en las calles, y tras permanecer un largo tiempo frecuentando los arenales herculinos, viviendo como un moderno Diógenes, cogió el camino de los pueblos de la mar e hizo estación itinerante en Cedeira, Viveiro, Burela o Foz, siempre con la mar como paisaje que limita con el horizonte.

Julius, contaba ayer este periódico, fue campeón de la olimpiada matemática de su región alemana cuando cumplió diecisiete años, quizás cuando supo que Perelman descifró la conjetura de Poincaré, uno de los cinco enigmas del siglo, y eligió la oscuridad y el anonimato solitario, rechazando méritos y honores; quizás digo, Julius Lederer exigió, como Goethe en su lecho de muerte, luz, más luz.

Nunca he visto a Julius; noticia tuve de él, de su aura y su miseria, de sus silencios infinitos, de su apuesta decidida por ser libre, como antes lo había sido otro alemán, Man, solo hombre, el alemán de Camelle que murió de tristeza cuando el chapapote envenenó el mar, su mar, nuestro mar.

Acaso ambos vinieron al fin del mundo conocido, a este finisterre que está escrito en el mapa de las estrellas, siguiendo una ruta secreta que solo los hombres libres conocen.

Tras varios meses internado, abrió las ventanas del más allá e inició su postrer periplo, su último viaje para el que ni siquiera se precisan cuarenta céntimos. Julius Lederer, descansa en paz.