C uando Rusia y China vetaron una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para que el presidente Al Asad abandone el poder, podemos interpretar que se está produciendo un enfrentamiento entre Oriente y Occidente, lo que podría iniciar un nuevo período de guerra fría. Esto trasciende al conflicto sirio.
En la sangrienta guerra civil (más de seis mil víctimas), el bando gubernamental recibe armas de Rusia, mientras que el «ejército de liberación sirio», tal como lo llamó la secretaria de Estado Clinton, estaría apoyado por las naciones que se denominan «amigas de la Siria democrática».
El conflicto ya no tiene vuelta atrás, sin más alternativas que la caída del régimen de al Asad o el fracaso. Siria es un país clave en el conflicto árabe-israelí. Pero detrás está el petróleo de medio mundo. Irán es el perturbador en el golfo Pérsico que a través de Siria maneja a los grupos que hostigan a Israel. No sé hasta qué punto al Gobierno israelí le interesa la caída de Al Asad, porque lo que venga detrás podría romper el statu quo. No olvidemos que los altos del Golán sirios todavía no han sido devueltos. Por eso, si Rusia transigió en Libia con el protagonismo occidental, parece que con la ayuda de China no va a permitir que intervengan en lo que considera su zona de influencia.