T risteza y amargura. Para cualquier ciudadano de a pie, la escena resulta tremendamente desoladora. Ver a un miembro de tu Gobierno humillarse ante un jerarca europeo es algo a lo que no estamos acostumbrados y por eso nos causa no solo extrañeza sino también desconsuelo.
Porque la secuencia del ministro De Guindos detallándole al oído al comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, los pormenores del hachazo que nos han dado con la reforma laboral se nos presenta como un servilismo inaceptable. Es un acto de humillación, doblegamiento y bajeza no solo por la forma en que se realiza, con el ministro en la actitud de decir mira qué obedientes somos, y el comisario, bien, muy bien, así me gusta, sino también porque se da cuenta de lo que los propios interesados y afectados desconocíamos.
No hace falta estar recordando todos los días al levantarnos aquello de que a nosotros no nos van a decir en Europa lo que tenemos que hacer. Porque el cofre de las tonterías está a rebosar. Pero sí vamos a tener que recordarles que hay actitudes que son indignas de quien tiene el honor de representar a un país. Y que la de De Guindos fue de lo más despreciable y deshonroso que hemos padecido en los últimos lustros. Qué tristeza.