D icen que, para entender a Tàpies, es precisa una iniciación. Para comprender el papel de Tàpies en el arte sería fácil decir que en la pintura hay relevos, como en el fútbol. Así Di Stéfano le dio el relevo a Pelé, Pelé a Maradona. Y Maradona a Messi. En la pintura española, Picasso se lo dio a Miró, Miró a Tàpies. Y Tàpies, probablemente, a Barceló. El catalán se ensayó realista, siguió surrealista, pasó por el marxismo hasta que se descubrió como un calígrafo único de los sentimientos. Y esa es su obra que queda. Signos y objetos que se incorporan al cuadro para crear un lenguaje. Le molestaba que dijeran que pintaba como un niño. Pero debería estar orgulloso. Ese es su mérito. Con 80 años era capaz de mirar como los niños. Nunca perdió la inocencia que en arte es éxito. Tàpies la lió en su día con un calcetín. ¿Hay más verdad en la Gran Vía de Antonio López que en una cruz de Tàpies? Hay la misma verdad por dos rutas distintas. Era matemático sin saberlo. Sus cuadros son fórmulas. Ahorra en detalles y lo cuenta todo. Como esos escritores, Valente o Askildsen, que dosifican las palabras y son presas del silencio.