Balada triste para trombón de varas

OPINIÓN

26 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

L o que quiere el PP es convertir a Baltar en un banco político malo, meter en él todos los valores contaminados por el clientelismo y el localismo, e interpretar la retirada del que fue presidente de la Diputación ourensana como un acto de renovación y modernización que redime al partido entero. Pero la realidad es que Baltar era igualito a los demás -aunque un poco más vistoso y más simpático-, y que los actuales líderes del PP ni siquiera van a evitar la sucesión hereditaria y poco edificante que nos están preparando.

La conclusión es que, lejos de estar ante un acontecimiento significativo de la política de Galicia, solo estamos ante el «cambiar algo para que nada cambie» con el que Tomasso di Lampedusa definió el inmovilismo político de la Italia meridional. Y por eso tengo la convicción de que, si en Galicia se hiciese y comentase política de la buena, y si tuviésemos la suficiente claridad para jerarquizar los problemas reales que nos afectan, la dimisión de Baltar nunca hubiese desplazado a la segunda fila a la poliédrica y enrevesada crisis del euro, a las reformas penales con las que el PP está dispuesto a salvarnos o encarcelarnos; a la poco meditada irrupción de Gallardón en la reforma de la Justicia; a Garzón y a la babélica locuacidad en la que, a resultas de los pronósticos del FMI, se han instalado De Guindos y Montoro.

Más aún, espero no defraudarles si les recuerdo que José Luis Baltar ni siquiera es original en las sucesiones, ya que su caso no es nada distinto a los María Estela de Perón, Cristina de Kirchner, Violeta de Chamorro, Hilary de Clinton, Corazón de Aquino, Ségolène Royal de Hollande, Zardari de Butho, la señora de Aznar, la señora de González y la hija de Fraga. Los líos de faldas y parentescos que intermedian los actuales liderazgos del socialismo francés no tienen nada que envidiar a Falcon Crest. Y si hiciésemos la lista de políticos que fueron catapultados al poder por puras razones de parentesco -excluyendo la monarquías absolutas y parlamentarias y las dictaduras bananeras-, tendríamos que duplicar las páginas de este periódico para contenerla. Líbreme Dios de decir que Ana Botella, Cristina Fernández o Carmen Romero no obtuvieron sus responsabilidades en las urnas. Solo digo que no veo razón para diferenciar estas carreras de la de José M. Baltar, como si unos apellidos contaminasen y los otros diesen brillo.