El arriesgado discurso de Núñez Feijoo

OPINIÓN

14 ene 2012 . Actualizado a las 07:01 h.

A sí empezó Zapatero, creyendo que todos los males venían de fuera, y dando por sentado que la crisis pasaría antes de que la herida nos llegase al hueso. Y así habló nuestro presidente el jueves, dando por sentado que el origen de nuestros problemas es Zapatero, y que, si aguantamos el año 2012, no tardaremos en ver los ansiados brotes verdes. Aunque sé que a don Alberto no le gustará nada la comparación, y que disculpará mi osadía con una sonrisa indulgente, quiero advertirle, como si fuese Plutarco, que los dos discursos discurren en paralelo, y que, aunque la posición electoral del PP gallego es envidiable, también Zapatero ganó unas elecciones después de haberse equivocado.

Galicia no está en una grave encrucijada de futuro a causa de obligaciones financieras -como la ley de dependencia- impuestas por Zapatero, sino por la decadencia de la economía productiva, por un modelo poblacional envejecido y desequilibrado y por el despilfarro inversor en el que nos hemos instalado. Tres aeropuertos; dos puertos exteriores sobre la misma ría; un sistema universitario ineficiente; una sanidad programada a golpe de localismo; una red de autovías que, lejos de favorecer la vertebración, favorece la dispersión; falta de planificación en el transporte de mercancías; Ciudad de la Cultura; auditorios y museos vacíos; entornos urbanos que encarecen los servicios y asistencias de forma insostenible; minipolígonos parroquiales que rodean una Plisan ya fracasada; puertos raquíticos con más terminales de contenedores que Alemania. Eso es lo que ennegrece nuestro horizonte, y no la ley de igualdad.

El sistema de financiación, señor presidente, es muy solidario, y si alguien sale desfavorecido en él es Cataluña, no Galicia. Y para decir lo contrario hay que creer que es justo y sostenible un modelo en el que las comunidades más ricas invierten por habitante mucho menos que las pobres; y que estas, lejos de dirigir sus recursos hacia la inversión productiva y el desarrollo acelerado, pueden seguir invirtiendo en servicios ineficientes, en proyectos megalómanos y en construcciones de autor. Y cuanto antes nos enteremos de que este ritmo no es sostenible, mejor pronóstico tendremos.

Por eso creo que -más allá de esta grave coyuntura de crisis, que es como un aviso- Galicia necesita una profunda reconversión que afecte a su modelo territorial, a su estructura productiva, a sus planes inversores, a sus infraestructuras, a los servicios propios de la sociedad del bienestar y al modelo de financiación que pueda hacerlos viables. Y para que tal reconversión sea posible necesitamos un discurso que, con el dramatismo que sea necesario, hable con verdad y realismo de lo que hemos hecho y de lo que nos está pasando. Porque si seguimos así, huyendo hacia delante, las vamos a pasar puñeteras.