Q ue España es tierra de magníficos chorizos no lo cuestiona nadie. Desde un director general de la Guardia Civil condenado a 31 años de prisión por malversación, cohecho, fraude fiscal y estafa, hasta un director general de Trabajo de la Junta de Andalucía, que presuntamente, y según declaraciones de su propio chófer, se gastaba el dinero de las subvenciones de la Junta, diariamente, en copas y en cocaína. Lo malo de todo esto, y lo que realmente preocupa a la ciudadanía, no es el hígado ni el tabique nasal de conductor y conducido, sino el hecho de que sea posible lo que el segundo le dijo al primero: «Yo puedo dar subvenciones indiscriminadamente y sin necesidad de justificar nada». ¿Hasta cuándo este vergonzoso choriceo de nuestros mandatarios? Ya lo vemos como la cosa más natural del mundo, por lo que cuando un medio recoge alguna noticia de este tipo, le damos la misma importancia que a un gol de Cristiano Ronaldo al Levante. Se nos está yendo la situación de las manos. Tal es la abundancia del para mí rey de los embutidos patrios, que uno de ellos, también presunto y de los realmente cotizados, se instaló, o lo instalaron, en Washington DC, para alejarlo una temporada del mercado nacional y así regresar inmaculado. Falló la mercadotecnia. Pero la culpa no es solo de los chorizos, sino de quien los instala en tan rentables puestos y no tiene agallas de ponerlos de patitas en la calle a la primera irregularidad.