E s la estrella de la semana. Vino al mundo a escondidas. Y el 1 de enero fue el ojo del huracán mediático con una batuta en la mano, dos martillos y una energía espectacular. Vino al mundo a escondidas porque su madre judía tuvo que ocultarlo, después de que su abuelo y su tío fueron asesinados en el gueto de Riga. Nació un 14 de enero de 1943. Está claro que enero le da suerte. Triunfó con el concierto de Año Nuevo en el 2006 y volvió a hacerlo este domingo. Su secreto: el conocimiento y el sentimiento. Una aleación imbatible. Para transmitir música, hay que sentirla. Y así lo hizo, en la Ópera de Viena, Mariss Jansons. Ha recibido una lluvia de elogios. Su expresividad contagiosa hizo que el Danubio azul fuese un estallido y que la Marcha Radtzezky se convirtiese en un trance entre público e intérpretes. Jansons, de salud delicada, ya estuvo a punto de morir sobre la tarima en Oslo de un ataque cardíaco. Su padre también murió así. Y es que está claro que la entrega del director es total, al límite de la razón, donde empieza el arte. Cincuenta millones de espectadores en 73 países, una tormenta de entusiasmo. Una tradición muy sana.