Una auténtica democracia es mucho más que votar. Exige libertad de prensa y opinión, un poder judicial independiente, libre acceso a la documentación pública y un entorno ético que deje claro que quien la hace se va para casa. Desde la transición hasta aquí, todo eso va a peor. La Fiscalía del Estado es un apéndice del Gobierno. Saber cuánto cuestan algunos desbarres que se pagan con nuestros impuestos es misión imposible. Nadie dimite, ni aunque lo pillen con el carrito del helado. Y en cuanto a la libertad de prensa, ha surgido una mordaza imprevista: las ruedas de prensa sin preguntas.
Una rueda de prensa sin preguntas es como una laconada sin cocho. Esta práctica, propia de sistemas totalitarios, convierte en estúpido el trabajo de los periodistas. Si no pueden preguntar, son solo grabadoras humanas. Bastaría con que el político de turno remitiese una grabación con sus palabras.
El «prohibido preguntar» resulta inconcebible en las democracias anglosajonas. Los informadores no preguntan para pasar el rato o por incordiar. Simplemente están cumpliendo con su función de evaluar al poder, para que la ciudadanía pueda tomar sus decisiones de voto.
Un ejemplo. Los gallegos están inquietos sobre el futuro de su caja de ahorros. Y justo en este momento aparece por aquí el político gallego con más mando en el Gobierno. ¿Es normal que se prohíba a los periodistas preguntarle por la situación de la caja? En Libia sí. Aquí no. Lo mismo reza para Zapatero, uno de los inventores del infame género mordaza; o para Rajoy, que se pasó casi todo el año pasado sin admitir preguntas. Por no hablar ya del jefe real del BNG, el invisible e inabordable Paco Rodríguez.
¿De qué tienen miedo? ¿De la verdad?