Cuando no se educa, hay que legislar

Celso Currás
Celso Currás NUESTRA ESCUELA

OPINIÓN

No se puede esperar a que un giro social, que tarde o temprano ha de llegar, recupere el prestigio y la autoridad de los maestros y de los padres. Si la familia y la escuela no son capaces de ponerse de acuerdo a la hora de educar, las Administraciones públicas no pueden quedarse quietas. Por ello, tienen todo el sentido las normas, cada vez más generalizadas, que reconocen a los docentes como autoridad pública y regulan la convivencia en los centros escolares. La Rioja se suma ahora al cada vez más numeroso grupo de comunidades autónomas que protegen jurídicamente al profesor, establecen un régimen disciplinario o exigen a los padres el deber de educar y de colaborar con la escuela. Parece increíble que haya que demandarles la atención de sus hijos, pero es la triste realidad. A este mismo contexto pertenece el problema del excesivo consumo de alcohol en los adolescentes. Se ha iniciado la tramitación, en el Parlamento gallego, de una ley que permita restringir este abuso, prohibiendo cualquier tipo de bebidas a los menores. Establece un sistema de sanciones a estos y a los locales que les vendan alcohol. Sin embargo, las multas podrán ser sustituidas, en el caso de los jóvenes, por actividades comunitarias o programas preventivos. La oposición no apoya este proyecto de ley por considerarlo esencialmente recaudatorio. Si la educación familiar falla, la escuela se ve incapaz de formar al alumno y las medidas preventivas no dan resultado ¿Qué otra solución queda? Ocurre igual que con el exceso de velocidad en la carretera o con la falta de respeto a los bienes públicos. Mucho tienen que cambiar este país para que se pueda prescindir de un sistema sancionador. La inconsciencia del adolescente y la permisividad de sus padres impiden valorar racionalmente las consecuencias del abuso del alcohol a estas edades. No está el problema en excederse en alguna ocasión. Seguro que la mayoría lo hemos hecho. La gravedad está en no controlarse, en el hábito y en la consiguiente dependencia. A los posteriores problemas de salud física y psíquica hay que sumar los riesgos de la agresividad o de la conducción de vehículos. No nos engañemos. Esta no es una rebeldía juvenil lógica y propia de la edad. Es una falta de educación y de preocupación por los hijos desde que son pequeños. Es, una vez más, la confusión entre autoridad y autoritarismo, que no se consigue superar. Mientras los padres no respondan del control y formación de sus hijos, los Gobiernos tendrán que actuar. Por supuesto, con prevención y diálogo, pero también, inevitablemente, con regímenes disciplinarios que enseñen al joven, aunque sea tarde, que alguien tiene que mandar.