Tras la tregua falaz y perversa de una etapa feliz que dura más o menos dos meses y que hemos convenido en llamar verano, tras ese espejismo de vino y rosas, de noches al lado del mar y mañanas a pie de playa, de plaza mayor, de aires puros y senderismo, de ver la cara a del mundo e ignorar la oscura cara b, llega septiembre, que nos franquea la puerta de la realidad, que es algo así como ir de la mano del Dante para adentrarnos en ese purgatorio descrito en la Divina Comedia. Y la realidad nos trae el final de todas las fantasías, el telegrama urgente que señala que todo era mentira, el incremento del desempleo al finalizar agosto, la agonía prolongada del proyecto Zapatero en vísperas de la negociación con el partido nacionalista de los vascos, vendiendo por enésima vez la túnica de Cristo. Nos trae de vuelta de China y de Japón el discurso de la recuperación a plazo fijo, las primarias y las secundarias, las secuelas y los síndromes de abstinencia, Galicia en el país de las maravillas -«o importante é o debate sobre o Estatuto de nazón», Guillerme Vázquez dixit- mientras el otoño se va configurando en las alamedas, en las carballeiras y en los caminos como una certidumbre cercana. Otoño de huelga general, presupuestario, con el consumo privado alicaído y el público mermado, otoño elaborando listas municipales donde la amenaza de perpetuarse, aunque no se cuenten los paréntesis y las sospechas, es una apuesta a plazo fijo. La renovación es una pirueta imposible y la lista más votada solo un editorial de periódico. Otoño sin un euro, la austeridad es la antesala de la pobreza y no un discurso político necesario. Leña al mono y en Cataluña amortizamos el tripartito mientras se ofrece la cabeza del Bautista en pactos impracticables con interlocutores del nacionalismo vasco. Los días van mermando y avanza la noche. España crepuscular. Se descompone el ocaso en colores autonómicos. Más madera... el camarote de los hermanos Marx es un gabinete ministerial. Y los silencios frente a la logorrea gubernamental. Rajoy calla, aunque parece ser que no otorga. Las elecciones no las ganarán los populares, las perderán los socialistas. Y el viejo matonismo caduco del te vas a enterar y las mordazas, y otra vez el miedo a la libertad. Y el círculo que es imposible de cuadrar, porque no hay nada tan obstinado como la realidad que nos rodea, nos circunda. Nos cerca como una amenaza a punto de cumplirse. Pero no pasa nada, nunca pasa nada, y el duro fardel del paro construye un país desde la impotencia, y nunca máis, nunca habrá grandes industrias, y seremos España, periferia, y seremos Galicia, periferia de la periferia. La realidad es un jinete que tira del carro donde se ubican los viejos cuatro jinetes que militan en el Apocalipsis. Pero un ápice de optimismo me exige leer con otros ojos la realidad y desmiento otra vez al Dante al señalar que aquí y ahora no abandonamos la esperanza.