El botellón

Celso Currás
Celso Currás NUESTRA ESCUELA

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

No hace tantos años, había en Galicia una gran carencia de adecuadas instalaciones deportivas o culturales, especialmente en el ámbito rural. Hoy, en general, ya no es así, y la mayoría de los municipios cuentan con magníficos pabellones de deportes o casas de cultura, con bibliotecas y salas dotadas de acceso a Internet. Lamentablemente, están infrautilizadas; apenas se practica deporte, no se leen libros y en las conferencias o conciertos solo se ve gente madura. El ocio de los jóvenes está centrado, en el mejor de los casos, en la televisión, la utilización desorganizada de las nuevas tecnologías o el botellón. Es muy preocupante que más de un 40% de los niños vean la televisión solos, de 4 a 8 de la tarde, o que un 36% de los adolescentes de 14 años y un 75% de 18 sean consumidores habituales de alcohol y se emborrachen frecuentemente. El problema del ocio no está, por lo tanto, en la falta de espacios o de oportunidades, sino en la propia concepción del ocio. El tiempo libre de los estudiantes es una de las principales causas de su comportamiento familiar, escolar y social. Las tecnologías de la comunicación no se están utilizando en beneficio de la propia formación. Al igual que el alcohol, sin control generan agresividad y violencia. La familia, al no saber cómo educar, opta por no educar y a la escuela se le pide que, además de instruir, eduque; es decir, que sustituya a la familia. Todo ello, sumado a una falta generalizada de autoridad, da lugar a una situación poco propicia para que los hijos, los alumnos, maduren con normalidad. De todos los fenómenos sociales del ocio juvenil nocturno, el que mejor refleja esta situación es el botellón, palabra ya de por sí desagradable y que no pasará a la historia con connotaciones positivas. La única es, quizá, la rebeldía ante un abusivo coste de las bebidas en lugares públicos. Por lo demás, el botellón es incómodo, pues normalmente hay que estar de pie sufriendo las inclemencias del tiempo; no se puede bailar, como suelen pedir los vapores etílicos; se tiene que soportar a algunos botelloneros incómodos y se molesta al vecindario o se altera el orden público. Lo más grave es, sin embargo, el abuso de alcohol o tabaco, en el que se inician inconscientemente adolescentes, o incluso niños, en pleno desarrollo. En muchos casos acaba convirtiéndose en una adicción de irreparables consecuencias futuras. Los jóvenes manifiestan no encontrar otras alternativas para disfrutar y relajarse. Empezando por la familia y continuando por la escuela, las Administraciones públicas y la sociedad en general, hay que buscarlas, aunque quizá aparezcan solas cuando la responsabilidad, la sensatez y la autoridad dejen de brillar por su ausencia.