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21 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.YA ESTÁ en el banquillo blanco, 47 años. El alemán fue un jugador increíble y quiere hacer carrera como entrenador. Schuster con el balón en los pies recordaba a Luisito Suárez, el del Dépor, el Barça y el Internazionale. Los dos con una capacidad increíble de pasar la pelota desde un montón de metros y lograr que llegase mansa al jugador mejor situado en el otro lado del mundo. Los dos con una clase que ya no se ve. Los dos líderes del juego de ataque. En los banquillos Schuster le echó Geta y fe. Antes tuvo Fortuna y lució en el Levante. Es un hombre con las ideas claras y que sabe adónde llega. El Bernabéu es una pasarela de lujo, donde el público no sacia nunca su sed. Quieren copas y más copas, siempre. Y hay que jugar lindo, relindo, como en una eterna puesta de largo. Están mal acostumbrados, de los tiempos en los que eran los favoritos de un dictador. Schuster pronunció las palabras mágicas en su primera rueda de prensa como técnico blanco: «Raúl es un símbolo aquí y va a seguir siéndolo». Pobre Raúl, algo parecido dijo Valdano de Butragueño cuando hizo el trabajo sucio y retiró al Buitre sin que se notase mucho. Raúl no tira ni de una cabra. Añade Schuster que la idea es que disfrute todo el mundo. Todos, menos el rival, claro. Tal y como están las cosas sobre el prado lo tendrá difícil. Con el modelo del Brasil de Dunga suelto, cada vez serán más los equipos que jueguen a la italiana y que hagan imposible que un entrenador pueda convertir un campo de fútbol en una mesa de billar con un millón de carambolas. Del alemán me gusta que es valiente. Y que sabe que el trabajo es el único camino para el éxito. El hombre, que lució las tres camisetas -blaugrana, blanca y rojiblanca-, sin despeinarse, quiere los tres títulos: Liga, Copa y Champions para embriagar a la Cibeles. Veremos. cesar.casal@lavoz.es