LA SEÑORA Álvarez, ministra de Fomento, nos solivianta y nos desvive. He escrito «nos», con minúsculas, aunque debiera escribirlo con mayúsculas. No lo he hecho para no contravenir la gramática que, como la señora Álvarez, es una dama que rige. La he visto estos días mucho en la televisión: con su gracejo y su rigor. Pero la he visto desde otro mar, Mediterráneo y no Atlántico. La cosa, aunque no lo parezca, cambia. Si tú estás en Barcelona, por ejemplo, contemplas el Mediterráneo y contemplas de paso las obras que inauguran casi a diario (autovías, carreteras, infraestructuras y así), pero si estás en el Atlántico noroeste observas retrasos, y nuevos plazos, y escasos compromisos. Si estás «mediterraneando», observas la mancha de Ibiza y cómo abre y cierra, la mancha, los informativos. La señora ministra aparece a diario. Rajoy también aparece, porque ha ido de visita a Ibiza mucho antes de lo que fue, siendo ministro, a su Galicia, que es la nuestra. Uno piensa que todo es absurdo. El jefe de la oposición echando su manita a los de Ibiza cuando hace años a nosotros, que somos pequeñitos, nos echaron la mano tarde y mal: entre hilillos de plastilina. Pero la señora Álvarez supera a Rajoy, y a todos los demás, en teimosía (o sea, en erre que erre): la señora Álvarez no nos hace ni caso. Gestiona su Ibiza y habla de las grietas del barco, y de que todo está controlado, y de que las playas están abiertas. Y a usted, y al otro, que se partieron el pecho quitándole alquitranes y chapapotes a las playas gallegas, a usted y al otro, decía, les corren mil gusanos por el vientre. La responsabilidad la tiene nuestro presidente Touriño: por no pegar con la mano en la mesa de Madrid, dar un grito, exigir lo que resulta necesario. Entre otras cosas porque los autobuses de jóvenes a Galicia van llenos, y los trenes. Porque los jóvenes nuestros emigraron. Y si hay tantos fuera lo normal es que puedan venir en AVE, o en autovías mejores. La señora Álvarez, lo sabemos, no va a ofrecernos más afecto del habitual: ninguno. Y como ni la echaron ni dimite, da muestras de su buena gestión con el barquito de Ibiza. Y nosotros, o sea Nós, así seguimos: soliviantados y desvividos. Por su culpa, señora Álvarez.