DESPLEGAMOS el manual como quien tiende una toalla sobre la arena, plantamos la sombrilla que nos protege del sol y de la lluvia y comenzamos la cuenta atrás de los días de vagar, del cansado y caro dolce far niente que cada verano camufla en esa trampa virtual de las vacaciones. Y al sol que más calienta le ponemos protección cincuenta por aquello de la capa de ozono y sus goteras, agujeros por donde se cuela el melanoma, y cuando llueve reiteramos la pregunta de cada julio: ¿y ahora qué hacemos con los niños...? Y nos contestamos que lo de siempre: que las colas del chiringuito, lo que ha subido el menú del día y que en el apartamento no se puede dormir la siesta. Deambulamos como posesos en una caminata interminable por el paseo marítimo hasta caer rendidos en la terraza que tiene los precios por las nubes y donde antaño nos permitíamos picar algo. Antaño era cuando aún no habíamos reducido el veraneo a quince días; antaño era antes de que los tipos de interés nos complicaran la hipoteca; antaño era cuando aún no había nacido el pequeño; antaño era cuando las gambas a la plancha eran todavía un aperitivo y no un atraco. Hay un verano de quienes no veranean, de los que trabajan en agosto en la industria del ocio estival, de quienes piensan que las vacaciones son un lujo que no está a su alcance, de quienes no tienen un pueblo con parientes, de los que bajan las persianas para disimular, de aquellos que piensan con Camba que Madrid -por decir algo- en verano es Baden Baden. Pero la locura del consumo desaforado y la democratización del turismo homogeneiza los comportamientos y si no viajas cuando toca se viene abajo tu prestigio social, qué van a pensar tus vecinos... además para eso están los créditos al consumo que total con todo lo que debemos... un poco más no importa. Las vacaciones de verano son una costumbre muy arraigada en la clase media, los ricos veranean, llaman mecánico al chófer, y viajan cuando les peta, y les suele petar cuando la mayoría de los ciudadanos están pagando -y nunca mejor dicho- las consecuencias de agosto. Las instrucciones de uso no incorporan alternativas a las tardes de playa, a los atascos o al chunda chunda festero. Las añado y les sugiero vacacionar con la compañía de varios libros, amistad literaria que casi nunca defrauda, escuchar en las tardes la música que no pudiste oír por falta de tiempo, frecuentar la magia de los cines y dejar que la conversación fluya en torno a un buen vino del país. Seguro que con esta receta recordarás aquel año que estuvimos en... cuando descubriste a Proust, y escuchaste por vez primera aquel disco de Police que se te había pasado y alcanzaste a ver La vida de los otros , que la ponían en el cine del pueblo. Instrucciones de uso para disfrutar del verano.