LA ANÉCDOTA encierra, en realidad, categorías: cenábamos en uno de esos destartalados ristorantinos italianos, donde los clientes hablan en susurros y el personal a voz en grito, situado en una bellísima piazzeta de Turín. Aunque ya va siendo difícil hablar en Italia de política, me atreví a plantear a mis colegas la cuestión de si el Gobierno de coalición del professore (Romano Prodi) sería capaz de llegar al final de la legislatura: «Guardi carissimo -me dijo uno de ellos, con esa sorna inimitable del país-, il problema è se arriverà alla fine della settimana». Así se levantan en Italia cada día: sin saber si el Gobierno completará, no toda la legislatura, sino toda la semana. Y es que los Gobiernos de coalición suelen tener muchos más problemas que ventajas. Prueba de ello es que todos los candidatos aspiran a gobernar en solitario y sólo aceptan hacerlo en coalición cuando no les queda más remedio. Eso explica un fenómeno verdaderamente paradójico: que los mismos líderes que abominan de las mayorías absolutas si las alcanzan los demás, están encantados cuando tienen el placer de disfrutarlas. Basta echar una mirada alrededor para darse cuenta del porqué: porque los gobiernos de coalición complican la gestión política de un modo extraordinario y hacen consumir a los coaligados en engrasar pactos y acuerdos mucho del tiempo que deberían dedicar a gobernar. Cuando, como acontece con el pacto local entre el PSdeG y el BNG -o como sucede en Cataluña con ERC y el PSC- el socio minoritario no tiene vocación de seguir siéndolo, sino la de sustituir en su posición dominante a quien es mayoritario, las posibilidades de acordar o mantener una coalición se complican de un modo exponencial. Eso es lo que quiere decir Quintana exactamente cuando proclama que el BNG no tiene la intención de ser el gregario del Partido Socialista y eso es lo que explica las muchas dificultades que está encontrando el bipartito para trasladar su fórmula política a los ayuntamientos de Galicia, dificultades hoy bien visibles en Vilagarcía, Lugo o Pontevedra. ¿Serán más eficientes, desde el punto de vista de la gestión de los intereses ciudadanos, que es, a la postre, el único que interesa a la inmensa mayoría del cuerpo electoral, esos gobiernos locales bipartitos que los gobiernos de mayoría a los que muchos de ellos han venido a sustituir? Ya se verá, pero la historia arroja conclusiones elocuentes: basta comparar la trayectoria de Vigo, donde casi nunca ha habido mayorías absolutas y la de A Coruña, donde las ha habido casi siempre. ¿Qué modelo preferiría usted para su pueblo o su ciudad?