POR LAS últimas tendencias editoriales, puede que la felicidad sea preocupación primordial. Pocas veces se han concentrado en las librerías tantas referencias a su nombre. No sería, sin embargo, prudente tomar este signo como indicador de vital consistencia para tan preciado como voluble anhelo. Es frecuente que la abundancia expresiva hable más de carencias insatisfactorias del corazón que de sus logros definitivos. Para empezar, no estamos acordes en que sea realmente la felicidad. Los filósofos, permanentes inquiridores de vita beata, son también sus más fervientes denostadores. Si no supiéramos de sus discrepancias profundas, tal vez los economistas, precedidos en el laudable afán de su logro por los moralistas -Adam Smith se dedicó a ambos menesteres con fervor-, pudieran clarificarnos el camino, a la búsqueda del de ultimo fine o, más prosaicos, al del utilitarismo inmediato. Acudir a los intérpretes religiosos, a la variedad del tot capita quot sententiae, añade el riesgo de exclusión intolerante. Y entre tanto, el cine y otras muchas narrativas actuales -de las que forman parte sustancial las canciones que nos inundan- fundan su éxito combinando dosis adecuadas de infelicidad y happy end: tal vez sabemos más de infelicidad que de felicidad. Conscientes de ello, psicólogos, psicoanalistas y expertos en el prolífico campo de la autoayuda, aplauden la creciente audiencia a sus consejos, más aceptables cuanto más próximos a la experiencia de cuanto pueda dañarnos. Y, al mismo tiempo, más evanescentes e individuales. Que la felicidad es asunto rentable ya lo sabían los tratados de príncipes del Antiguo Régimen, afanados en que fuera pretexto de un supuesto contrato con los sumisos súbditos. Incluso nuestra primera Constitución, la de Cádiz, la convertía en primordial objetivo político. Valerio Máximo, no obstante, se había anticipado en el siglo I, al poner como ejemplo de felicidad, querido por los dioses y muy propagado por el designio imperial de Tiberio, al pobre agricultor que se contentaba con lo que le proporcionaba el trabajo en su pequeña parcela. Valerio sabía el por qué de la historia como magistra vitae, que gustaba a Cicerón. Puede que inspirara también el calderoniano «cuentan de un sabio que un día¿». Por ahí se coló la felicidad como asunto de la escuela -inductora de modelos ejemplares de conducta y saber, propios de cada momento, para alcanzarla-. Y ello explica los variados catecismos que fueron doctrina obligatoria en la misma. Como también justifica los programas de historia y geografía -relatos más oficiales que críticos-, revisables en los libros y enciclopedias escolares de cada etapa. Y no digamos de los libros y cuentos de «buenas lecturas», como el titulado La camisa del hombre feliz, muy difundido hace años, que tal vez hayan alcanzado a regalar a sus hijos. ¿De dónde ahora el pánico a Educación para la ciudadanía? ¿Propone acaso una infeliz felicidad?