UNO DE cada cinco residentes en Madrid es extranjero de origen. Más de un millón de inmigrantes viven en la capital del Estado. Son los nuevos madrileños, los nuevos españoles que habitan la patria del mestizaje, de la multiculturalidad, que pueblan una de las ciudades más libres, cosmopolitas y tolerantes de la vieja Europa. Se ocupan de las tareas que no queremos los españoles. En mi casa nos ayuda una chica rumana, tomo café cada mañana en un bar atendido por sudamericanos, una obra de albañilería realizada en mi vivienda la hicieron trabajadores ecuatorianos y peruanos, y a la madre de mi amiga Ana la cuida una cariñosa boliviana que procura rodearla de mimos mientras sube los últimos peldaños de una vida que apaga la desmemoria. Nos devuelven la visita, llegan desde los países de Iberoamérica que antes fueron nuestro destino. Huyen, al igual que hicimos nosotros, de la miseria, buscando el paraíso terreno donde está asentado el futuro. Y también como nosotros, vienen con el billete de ida y vuelta, aunque el retorno dure toda una vida, aunque se posponga sin fecha fija. Los emigrantes procedentes de los países de la Europa del Este, rehenes hasta hace pocos años de la bota opresora del comunismo, celebran vivir la libertad, y aunque estén lejos de donde nacieron, viven la nueva patria común que diseñó para todos la Unión Europea. Y se encuentran bien en España, tan viejo país como joven democracia, que cumple sus primeros treinta años de libertades ininterrumpidas. Todos ellos disfrutan de la marea alta del crecimiento económico, de una sanidad de calidad, universal y gratuita, al igual que la educación, que además es obligatoria, y de los beneficios de una discriminación positiva. Hay en los sudamericanos una historia común, la misma lengua e idénticas bases de una educación marcada por la misma tradición a ambos lados del océano. Hay en los polacos, rumanos, búlgaros, ucranianos..., un deseo plural de integración parejo a las mismas raíces continentales. Y en la sociedad española todavía no ha prendido el discurso incivil de la xenofobia, tal vez porque cuando sube la marea, que decía Kennedy, suben todos los barcos, y nos está yendo bien colectivamente, aunque cabalguemos el tigre y sigamos paseando con pértiga por la cuerda floja de una economía que, a juicio de los agoreros, no se puede sostener por mucho más tiempo. Pero por ahora los inmigrantes están nutriendo el censo, y ya somos cuarenta y cinco millones de españoles, nos equilibran las tasas de natalidad, vitaminan las pensiones futuras, y tirando de la locomotora económica se suben al vagón del consumo, firman hipotecas y compran su bienestar en letras con vencimientos prorrogables. Son la cara amable de la inmigración. Hay otras más poliédricas y complejas, pero hoy quiero ser positivo, y encuentro razones para ello consciente de que el futuro será mestizo o no será. Yo soy optimista.