HAY UN modo de hacer claro, para quien lo tenga oscuro, el significado de la constitución por Hamás de una república islámica en Gaza. Es como si ETA se hiciera por las armas con un territorio de unos 400 kilómetros cuadrados en cualquier lugar de los Pirineos, por ejemplo, y reclamara de la comunidad internacional en general, y de Francia y España en particular, el reconocimiento de todos los derechos habidos y por haber a favor de semejante artefacto. Es muy probable que el Gobierno de Zapatero iniciara entonces un proceso de reflexión, convocando para ello un comité de sabios, que no dejaría de verse asesorado por la vicepresidenta De la Vega para que todos los convocados tuvieran bien presente la necesidad democrática de que hicieran un esfuerzo democrático para alcanzar una conclusión democrática que permitiera una decisión democrática. Todo eso llevaría un tiempo que dependería del que pudieran dedicar al asunto los convocados, y del que necesitaran los artesanos para la confección de las medallas con que los sabios verían recompensados sus esfuerzos. Así pasarían ocho meses, los que faltan para las elecciones, o todos los años que correspondieran a los de una nueva legislatura socialista, o los que consumiera una nueva legislatura con mayoría popular en tomar buena nota de lo que hiciera Francia. Pero Francia ya lo habría hecho: no habría tardado 72 horas en tomar la decisión de acabar a sangre y fuego con el invento. En cuanto a la república islámica de Gaza, demuestra que nunca hubo proyecto político civilizado alguno en la cabeza de Ismael Haniya. Porque no será Israel el que afronte el trabajo sucio que exija la reordenación de las cosas en Gaza. Ni Jordania, ni Líbano, ni Arabia Saudí, ni Egipto están en situación de considerar con amabilidad una experiencia republicana islámica en Gaza. Puede ser materia de debate la distinción de cuál de las potencias de la zona se siente más irritada ante el cariz de los hechos, o cuál de ellas puede sentirse más concernida por lo que el incidente de Gaza pueda tener que ver con la pugna de las potencias del área -Irán y Siria- por la hegemonía en Oriente Medio. Y también se puede discutir sobre cuál de esas potencias reflexionará con mayor detenimiento y amargura sobre la mejor medida a tomar. Lo que está muy claro es que Egipto no tardaría una semana en suprimir el artefacto de Gaza. Y a partir de ahí, ya no hay manera de discernir por dónde soplaría el viento sobre tan lunáticas cenizas.