La larga sombra del mercadeo

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

14 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

LA CELEBRACIÓN de ayer en el Congreso ha sido emotiva, nostálgica y con aires de homenaje. La presencia de los Reyes y el Príncipe le dio la solemnidad que requiere el recuerdo de un momento tan importante en la historia de España. Por debajo de esa grandeza que se respiraba, y por debajo de ese recuerdo entrañable de un pasaje tan lleno de generosidades e ilusiones de futuro, las conversaciones de los pasillos dejaban traslucir una inquietud del presente: los pactos políticos que se están cerrando en municipios y comunidades autónomas. Un tema serio e inquietante en algunos de sus perfiles. Vaya por delante un principio: tan democrático es que gobierne la lista más votada como la formación de mayorías entre los segundos y los terceros. En ambos casos, el gobierno naciente es un equipo salido de las urnas y producto de la voluntad popular. Pero en algunos ejemplos que ahora estamos viendo, las componendas, llenas de mercadeo, resultan feas. Demuestran excesivas ansias por el poder, sin debido respeto a las formas. Se priman opciones que no tienen respaldo popular equiparable al poder que conquistan. Y eso perjudica la imagen popular de los partidos y, como consecuencia, del propio sistema. Hay lugares, como Galicia, donde esas coaliciones han adquirido ya carta de naturaleza. Socialistas y nacionalistas tienen un acuerdo amplio, muy ensayado, practicado en municipios y en el gobierno autónomo, y la noticia sería la ruptura de su entendimiento. Pero hay otras dos comunidades cuando menos llamativas: Baleares y Navarra. En Baleares, un partido, Unió Mallorquina, que no llega al 7% de los votos, alcanzará una altísima cota de poder, después de una auténtica subasta. Da igual que aúpe a la presidencia al socialista Antich o al popular Matas: con todo descaro ha puesto a la venta y al cobro sus apoyos, en la más solemne y visible polivalencia de sus principios ideológicos. ¿Y qué me dicen de Navarra? Aquí no hay un precio que se pueda llamar «económico», para entendernos; pero hay un precio político muy serio, y hay un aspecto igualmente feo: la aspiración socialista de saltar del tercer puesto a la presidencia de la Comunidad Foral. Por esa conquista del poder se ceden esencias, con la disculpa de una supuesta «voluntad de cambio» no contrastada en las urnas. Como esto se siga extendiendo, ¿con qué derecho nos podemos quejar en el futuro de los altos niveles de abstención? Si el ciudadano llega a la conclusión de que el sentido de su voto se puede manejar, interpretar o incluso manipular después en arreglos casi mercantiles de despacho, entenderá que no necesita votar.