SE ACABA de celebrar en Barcelona, en los primeros días de junio, un congreso internacional dedicado al Corazón de Jesús, fuente de la vida . Alguno podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón de Cristo constituye una especie de residuo trasnochado de una devoción pasada de moda. No es así. Ya Pablo VI, en 1965, caracterizaba el culto al Sagrado Corazón como «una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo». El Corazón de Cristo es el principal indicador y símbolo del amor de Dios. Cualquier persona que lea el Evangelio puede sentirse atraída por las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso». ¿A quién no le conmueve la ternura de Jesús? ¿Cómo no sentir aprecio por un Dios que es rico en misericordia y que nos sale al encuentro en la proximidad y cercanía del Nazareno? Lejos de ser una devoción intimista, el culto al Corazón de Jesús tiene una destacable proyección social. Se trata, en definitiva, de apostar por una civilización del amor que se construya sobre las ruinas acumuladas del odio y de la violencia. A esa civilización del amor, del respeto, del reconocimiento del otro, se le llama, en lenguaje cristiano, el reino del Corazón de Cristo. Benedicto XVI, un papa que apunta a lo esencial, no habla de otra cosa. Su primera encíclica nos recuerda que Dios es amor ( Deus caritas est ) y su primera exhortación apostólica postsinodal -y es bueno recordarlo en la inmediatez de la solemnidad del Corpus- se titula Sacramentum caritatis , el sacramento de la caridad. Como ha escrito el actual pontífice, «la adoración del amor de Dios, que encontró en el símbolo del "corazón traspasado" su expresión histórico-devocional, continúa siendo imprescindible para una relación viva con Dios».