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12 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.APARECEN palabras que encajan. Adultescentes abarca a los adultos que no quieren dejar de ser adolescentes. Adultos que carecen de madurez. Cada vez se ve a más treintañeros y cuarentones vestidos como para salir al recreo en la ESO. El pelo despeinado con horas de peluquería, sólo les falta el acné. La mayoría se escudan en la falta de dinero para lanzarse a la vida. Pero hay bastante morro. Los hijos no llegan, porque da miedo enfrentarse a unos niños que miran para ti y necesitan todo de ti. Los bebés ponen en su sitio a estos adultescentes o los desquician por completo. Es el síndrome de Peter Pan, de no querer crecer. Pretenden ser como los Rolling, pactar con el diablo y dar saltos eternamente sobre el escenario. Se niegan a sentar la cabeza. A uno le oí decirle a su padre con ingenio: «Yo me siento con el culo. La cabeza la utilizo para pensar». El padre se tragó la respuesta: «Sí, para pensar la mejor manera de exprimirnos a tu madre y a mí». La publicidad les sirve de coartada. Para la publicidad no existen los mayores. Tenemos la obligación de ser unos yogurines. Las mujeres son mucho más sensatas y hay menos adultescentes entre ellas. Aunque empiezan a verse mujeres que quieren seguir siendo crías. Se dejan vencer por la presión de los anuncios, por la dictadura de las cremas. Hay una etapa en la que toca puericultura en vez de cultura. ¿Quién es capaz de leer mientras cuida a los chavales? Hay que disfrutarlo. La vida es una carrera de fondo. De la misma forma que no tiene sentido morirse en el primer capítulo pasado de vueltas y ciego de alcohol en un coche, tampoco se puede llevar la misma velocidad durante toda la carrera. Los adultescentes son víctimas del consumismo. Se miran mucho al espejo, pero no se ven o no se quieren ver. Hay edades para todo. Y Peter Pan es un cuento. cesar.casal@lavoz.es