Barras y estrellas

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

08 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

ES HARTO complicado consensuar una letra para la Marcha Real . Ponerle letra al himno de España es pasar del cine mudo a una banda sonora cantada. No se me ocurre una personalidad indiscutida ni un letrista que despierte unanimidades. Ni siquiera, y desde Gonzalo de Berceo a Gamoneda, un poeta patrio que asuma su autoría. Hay himnos que desbordan las fronteras de los países que representan. La Marsellesa es mucho más que el himno de Francia, es el canto histórico de los hombres libres, de los militantes de la libertad y de las libertades. Dios salve a la Reina conmueve, no únicamente a los habitantes del Reino Unido, sino que emociona a multitud de ciudadanos del antiguo Imperio británico; y a los que crecimos cantando el viril y recio himno del «valeroso chan», de todos los gallegos, hicimos de la letra una reivindicación permanente. Hay letras que justifican su melodía. El Cara al sol o Bandiera rossa tienen una bella factura, tanto musical como textual, que sobreviven y envejecen bien entre los pliegues de nuestra memoria sentimental. Y yo, que suelo negarme a aceptar la teoría de los ciclos de Toymbee, recuerdo que periódicamente, y con precisa recurrencia, vuelve el viejo debate de poner una letra a la enseña musical española. Hubo un texto oficioso de Pemán que casi nadie recuerda, y el mundo del deporte que sube a los podios de medio mundo, los chicos de las motos que ganan todas las carreras, los tenistas de éxito, los corredores de automovilismo o las tripulaciones de los desafíos a vela, para quienes políticos y deportistas de despacho urgen la letra, están más cerca del susurro, del trip hop o de la música electrónica y del chill out que de las barras y estrellas, de las estrofas épicas, de las gestas históricas y las soflamas ripiosas. ¿A quién le pedimos la letra? Joaquín Leguina le encargó formalmente un himno para Madrid a Agustín García Calvo que no se canta nunca; la derecha podía sugerir el encargo a Antonio Burgos, que es una suerte, en contemporáneo, de los maestros copleros Solano, León y Quiroga. La izquierda de siempre no vería mal a Joaquín Sabina, que construiría canónicamente un soneto canalla para cantar colectivamente. Es un problema, máxime a la hora de decidir, de juzgar el autor vencedor. Quizás una nueva versión patriótica de Operación Triunfo podría ser el gran éxito televisivo de la temporada, y mientras tanto, a escuchar el himno de España, su música, con respeto y silencio. Sobran las palabras.