LO DE ETA era tan predecible que, de un modo u otro, todo el mundo ha acertado al vaticinar su vuelta a las andadas. La cuestión que ahora se plantea es: ¿por qué se le permitió actuar tanto tiempo como si en verdad alguien creyese que iba a mantener su «alto el fuego permanente»? Si el presidente Zapatero hubiese escuchado a su predecesor Felipe González (que, por no creer, ni siquiera creyó en las conversaciones de Argel) quizá no se hubiera guiado con tanta determinación por su optimismo. Era sabido que la Batasuna profunda estaba en contra y, antes o después, iba a manifestarse como lo hizo en Argel. Y así acaba de hacerlo ahora con gran sentido del oportunismo, es decir, inmediatamente después de colarse en las municipales en las listas de ANV La culpa del atentado de Barajas y de la actual ruptura del alto el fuego la tiene ETA y sólo ETA. Y no cabe decir que podrían haberse contaminado de esa culpabilidad quienes se negaron a aceptar lo obvio. Zapatero albergó la esperanza, que tengo por sincera, de acabar con ETA y él mismo ha asegurado que hizo «todos los esfuerzos posibles para alcanzar la paz». ¿Tenía derecho a ello? Sí, sin duda. Y no sólo el derecho, sino también el deber de intentarlo. Pero, después del atentado de Barajas, ¿tenía sentido no darse por enterado de que el alto el fuego se había roto y de que estábamos ante otra tregua-trampa? Es aquí donde la cuestión se vuelve más espinosa. Porque en ese momento se estaba a tiempo de impedir la presencia de batasunos en las municipales. Es comprensible que el PP reclame el acierto de su desconfianza. Pero sería un error considerar que su acierto tiene un precio que alguien debe de pagar. Las elecciones dirán lo que tengan que decir en su día, pero hoy lo que corresponde es que PSOE y PP alcancen un acuerdo firme y duradero cuanto antes. El próximo lunes a poder ser.