Recuento

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

NORDÉS

05 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

SER GALLEGO a tiempo completo, ejercer como tal fuera de Galicia, te convierte en analista de corredoira de todos los acontecimientos, sucesos, comicios y demás ingratitudes que tienen lugar en el país de todos los Finisterres. He tenido que interpretar con recursos de sociólogo de todo a cien las consecuencias del Prestige , los incumplimientos del plan Galicia, la tendencia pirómana de mis paisanos en los incendios del verano e incluso tuve que justificar el mal juego del Dépor y dar cuenta y razón de la deuda generada por el presidente Lendoiro. Todo ello con el acento coloquial ante un café a media mañana con compañeros de oficina y ya más solemnemente ante los amigos de siempre, que te dan la cena con preguntas con más maña retórica que fuerza dialéctica. Y desde la mañana del día 28, después del recuento de las municipales de mayo, díganme ustedes cómo puedo explicar, qué puedo argumentar ante mi informado interlocutor cuando me dispara a bocajarro preguntándome cómo es posible que Corina Porro, con veintidós mil votos más que el candidato de la siguiente formación política, no vaya a ser la próxima alcaldesa de Vigo. Tengo que acudir con escasa convicción a la ley d¿Hont y a la mecánica perversa de los pactos y las alianzas, decepcionando totalmente a quien me inquiere, que esperaba de mí un análisis más brillante. Recurro entonces a las boinas y los birretes, a la Galicia urbana frente a la rural, a contar que los conservadores marcaron una tendencia al alza en las ciudades y que el bloque creció en los pequeños municipios mientras que los socialistas consolidaron el voto en los medianos, y continúo lanzando los balones fuera del campo y me escaqueo, que bastante tengo con hacer el camino de vuelta y explicar por teléfono la malleira que el Partido Popular de Gallardón y Aguirre ha infligido a los candidatos socialistas avalados personalmente por el presidente Zapatero. Entonces hago un silencio y cuento que el peor de los males es la abstención, que los jóvenes desconfían de los políticos y que el tsunami de Madrid es la ola gigantesca de un posible cambio a las posturas conservadoras porque no supimos contar los logros de la gestión socialista. Con el rollo lleno de obviedades y de puntos comunes, noto que pasan olímpicamente de mis tesis de viejo progresista y recurro a una fórmula que nunca falla y cierro la conversación diciendo que si bien es cierto que en Galicia los populares perdieron multitud de gobiernos municipales, no han perdido estas elecciones. Mis compañeros se dan por satisfechos y comentan que eso, que exactamente eso es lo que me querían decir. Para ese momento ya se me ha enfriado el cortado. Son las consecuencias del recuento, de explicar Galicia como quien hace un retrato al minuto, de no pedir un año sabático en el oficio de ejercer la galleguidad a tiempo completo. Qué le vamos a hacer.