Bravatas y matanzas

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

04 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

QUIENES tengan buena memoria recordarán que Sadam Huseín nunca negó tener las armas de destrucción masiva de cuya posesión se le acusaba, ni facilitó el trabajo de los inspectores de la ONU que habían de garantizar la inexistencia de ese armamento en el territorio iraquí. Sadam Huseín prefirió pedalear sin vacilación en esa bicicleta infernal que le conduciría al infierno, antes que reconocer la vaciedad de unas bravatas cuya retirada siempre temió que le valiera un masivo corte de mangas por parte de los iraquíes, rehenes de un orgullo que terminaría por llevar al dictador y a su dictadura a la fosa y al descuartizamiento. Sadam Huseín no fue el único en cavar su tumba, pero tampoco pensó jamás en evitarla abandonando sus tercas y trágicas patrañas. No es una actitud insólita en las tiranías de Oriente Medio, donde el déspota prefiere enardecer a sus secuaces que estimular la prosperidad de quienes se rigen por el Corán. Así, el presidente iraní Ahmadineyad no se cansa de prometer un programa nuclear pacifista ni de asegurar lo poco que falta para que Israel sea aniquilado. Es el modo que tiene de granjearse amigos y de estimular la escabechina. Un pacifista, vamos. Un hombre, en fin, bueno. «Con la ayuda de Dios -dice este promotor de sosiegos-, las manos de los hijos de Líbano y Palestina ya han pulsado el botón de la cuenta atrás para la destrucción del régimen sionista». No parece ser consciente de que lo poco o mucho que quede de esa cuenta se está midiendo, hoy por hoy, con los cadáveres de libaneses y suníes amontonados en los campamentos de refugiados de Ain al Halue y Naher el Bader, en los alrededores de Trípoli y Sidón. Es la sanguinaria cosecha de la insurgencia terrorista de Jmal al Sham y Fatah al Islam, amparada, reclutada, pertrechada, entrenada y, naturalmente, financiada por Al Qaida, con la intención no tanto de acabar con el Estado sionista cuanto de mantener perfectamente abierto en canal el Estado libanés. Asediada por los cadáveres del terrorismo al oeste, las amenazas de aniquilación al este y las picaduras de la cohetería de Hamás en su interior, Israel puede ahora mismo permitirse el lujo de mantener en pie un Gobierno impresentable y poner cara de palo ante la presión americana para que busque un modo de entendimiento con sus vecinos. Lleva décadas aprendiendo del notable espectáculo que constituyen las matanzas de musulmanes entre sí.