SI LA IMAGEN exterior de España depende de que nos visite Condoleezza Rice, estamos apañados. Y si la vuelta de Zapatero a la escena mundial va a servir para alimentar discusiones bizantinas sobre un modelo de intervenciones que ya no tienen ningún futuro, mejor sería que se quedase en la Moncloa a consolar a su amigo Sebastián. Porque España y Europa se juegan mucho en este envite, y no tiene sentido confundir a los ciudadanos dando pábulo a la idea de que la política de Bush tiene algo de aprovechable, o que puede reconducirse sobre la base de un diálogo de sordos como el que practica la secretaria de Estado con los países que, cualquiera que sea la idea que tenemos de nosotros mismos, siempre seremos bananeros para tan encumbrada dama. Si usted ha perdido su tiempo escuchando la entrevista concedida por Rice a TVE, ya sabe que en el fondo de sus planteamientos no hay una sola rectificación del credo ideológico que engendró las últimas guerras, que sigue pretendiendo arreglar el mundo mediante la guerra y al servicio de América, y que sigue creyendo que el criminal gulag de Guantánamo es un servicio que su país está prestando a la democracia global. Tampoco se vio ninguna intención de restaurar la legalidad internacional, de cambiar las relaciones -bastante desleales- con la UE, o de abandonar la idea de que el mundo es un conglomerado informe en el que sólo es posible diferenciar a los pueblos en razón de su amistad o enemistad con el imperio americano. Y por eso es razonable pensar que a lo único que vino Rice es a compartir la derrota de sus guerras ilegales -Afganistán e Irak- con lo que ella llama «sus aliados», a pedir que le ayudemos a dominar la Cuba poscastrista, y a advertirnos de que en su próxima guerra contra el mal quiere vernos alineados y prietas las filas -recias, marciales- como en los tiempos de Aznar. No se trata de negarle a Rice su visita de ocho horas a los indígenas de Iberia, ni de quitarle importancia al país que todavía marca la agenda internacional en forma y medida poco aconsejable. Lo único que pido es que esta visita se contextualice como corresponde, que se reconozca que es un incordio bastante grande, y que se les deje ver a los españoles de a pie que esta secretaria de Estado ya no representa en absoluto lo que fueron Kissinger, Albright e incluso Powell. Porque es evidente que el mundo está cambiando, que Europa tiene que ser una parte activa e importante de ese cambio, y que no vale la pena babearse de gusto ante los iconos del decadente pasado. Porque si algún día Estados Unidos recupera su credibilidad no será, gracias a Dios, por los caminos de Bush.