HACE UNOS días, leyendo unos documentos referentes a la estrategia comunitaria para el desarrollo rural, encontré que uno de los objetivos a conseguir en los próximos años era el de «devolver el alma a los pueblos». Aunque no soy un lector habitual de este tipo de documentos, me sorprendió la utilización de una expresión que contrasta con la frecuente frialdad de los textos del Consejo Europeo. Pensé que pocas veces una frase había conseguido señalar de forma tan precisa una de las cuestiones centrales en la Galicia de hoy y me pregunté por qué no podemos reaccionar si disponemos de un diagnóstico tan certero. Trataré de centrar la cuestión para que los lectores me entiendan. La mayoría de los territorios de la montaña gallega presentan una caída demográfica continuada. Esta despoblación no se ha detenido con la política desarrollada en los últimos años, centrada en la mejora de algunas vías de comunicación y en la implantación de industrias, en general agresivas, que han generado algunos empleos pero que han supuesto la destrucción del medio natural. Muy al contrario, este tipo de desarrollo está favoreciendo el éxodo con el traslado de la población a las capitales de la comarca o provincia. La mayoría de los que defienden este tipo de políticas sostienen que este despoblamiento es inevitable y consideran irrelevante que, por ejemplo, en la Serra do Caurel no exista atención médica durante las veinticuatro horas del día, que las escuelas se cierren y los centros de secundaria disten muchos kilómetros o que la atención social a la abundante población mayor sea prácticamente inexistente. ¡No vamos a poner un colegio en cada pueblo!, afirman con convicción desde su atalaya urbana a la vez que se sorprenden de que en la mayoría de los pueblos ya no queden niños. Supongamos por un momento que la Unión Europea hubiera utilizado un argumento similar aunque a una escala diferente. Supongamos que en la discusión comunitaria sobre los fondos europeos destinados a las regiones incluidas en el Objetivo 1 hubiera triunfado esta postura. ¿Para qué invertir en las regiones pobres? Afortunadamente no ha sido así y países como España o Irlanda han recibido importantes ayudas, reduciendo el diferencial en el primer caso y superando en el segundo la media europea del PIB por habitante. Pues bien, si queremos cambiar la tendencia debemos empezar por definir nuestras áreas Objetivo 1 y corregir las carencias de nuestros pueblos no sólo con carreteras, sino con médicos, escuelas y atención social especial. Y si para eso hay que cambiar los módulos de sanidad y de educación o los criterios de ayuda social, pues hagámoslo. Para eso está el dinero y no para malgastarlo en la llamada ciudad de la cultura. Durante tres primaveras trabajé en un souto de castaños en las proximidades de una aldea de O Caurel. Cada tarde, al llegar del colegio, la única niña del pueblo salía al camino a practicar con su gaita, desafinando al principio y entonando con corrección más adelante. No estoy seguro de que esa fuera el alma del pueblo, pero cuando al tercer año la niña se trasladó a un colegio fuera de la sierra, el pueblo ya no volvió a ser el mismo. Pueden seguir pensando que es un problema de construir más carreteras, allá cada uno; yo les aseguro que por ellas se perderán las almas.