MIENTRAS todo salta por los aires en Gaza, toda Palestina parece convertirse en una inmensa colusión en la que la muerte de un joven de origen gallego, Mohamed Ibrahim Hamed Sayans, guardia de seguridad del presidente Mahmud Abbas, no es sino la más reciente evidencia de que la lucha a muerte por el poder está colocando en un segundo plano cualquier otra razón para el derramamiento de sangre. No es un conflicto equilibrado ni simétrico. Israel lanza sus represalias aéreas sobre quienes disparan una cohetería artesanal cuya respuesta más inmediata es la irrupción de unos carros de combate que son como Goliat en un campo de batalla en el que las fuerzas del diminuto David sólo se multiplican para combatirse unas a otras bajo la excusa de la más horrenda y disparatada de todas las sospechas. El fuego cruzado de la artillería terrestre y aérea israelí sobre el centro de Gaza y la suspensión de una entrevista entre el presidente Abbas y el primer ministro, Ismail Haniya, fueron los mimbres que bastaron para tejer el infundio de que Abbas había urdido y pactado con el alto mando israelí los ataques contra los efectivos de Hamás. En respuesta a semejante extravagancia, los fundamentalistas dieron la orden de atacar a las fuerzas de Al Fatah y reanudar los ataques suicidas en el interior del estado hebreo. En esa situación de río revuelto donde el ministro del Interior palestino, Hani Qauasmeh, no pudo por menos de dimitir al encontrarse sin fuerza alguna con la que resistir la presión bilateral de Hamás y Al Fatah, no había demasiadas razones para suponer que Al Qaida iba a quedarse al margen. Y los últimos indicios suscitan la sospecha de que no lo está haciendo. Un grupo armado que se hace llamar el Ejército del Islam acaba de reivindicar el secuestro de Alan Johnston, el corresponsal de la BBC en Gaza, y una serie de atentados contra cibercafés. Se trataría de un grupo de pistoleros medio mafiosos dispuestos a actuar en nombre de una yihad que, si bien insólita y, en cierto modo, inédita en Palestina, podría causar tanta confusión, dolor y desorden como para que el presidente Abbas recurriera a los servicios de un antiguo hombre fuerte de Al Fatah, Mohamed Dahlan, hoy por hoy el único palestino armado en el que confían los servicios secretos egipcios, israelíes y americanos.